lunes, 21 de julio de 2008

Responsabilidad en la crisis alimentaria

Por: Querien Vangal

Ante la crisis alimentaria que está involucrando a todo el planeta, es necesario asumir la responsabilidad del prójimo, afirmó el arzobispo Celestino Migliore, nuncio apostólico y observador permanente de la Santa Sede ante Naciones Unidas.
Durante la Sesión 2008 del Consejo Económico y Social (Ecosoc), en el Debate para el Seguimiento de Alto Nivel, se pidió a los líderes mundiales reflexionar sobre los progresos conseguidos en respetar la agenda de desarrollo de Naciones Unidas y sobre la urgencia de afrontar las necesidades de desarrollo de las comunidades rurales.
La importancia del tema viene subrayada por la actual crisis alimentaria y por la involución económica en algunos países desarrollados.
No cabe la menor duda que la crisis alimentaria tiene impacto sobre todas sociedades, en algunos lugares se manifiesta de entrada en forma de escasez de alimentos, continuada por una mala nutrición y termina con hambre. En otros en precios más altos que resultan onerosos para las familias que tratan de hacer frente a sus necesidades fundamentales.
A pesar de las diversas manifestaciones, según el arzobispo el fenómeno deriva de una serie de causas concomitantes, entre las cuales políticas económicas, agrícolas y energéticas miopes, que provocan un choque entre la creciente demanda de alimentos y su producción insuficiente, el aumento de las especulaciones financieras sobre los bienes, el incontrolable aumento del precio del petróleo y las condiciones climáticas adversas.
Para lograr que el debate sea productivo y no un mero ejercicio retórico y un quede en el aire, el prelado exhortó a trabajar duramente para asegurar que este debate se acompañe de una acción inmediata y eficaz.
La crisis alimentaria mundial amenaza con malograr el objetivo primario para cada persona de ser liberada del hambre.
Así las cosas, la Resolución sobre el Derecho al Alimento, adoptada recientemente por el Consejo para los Derechos Humanos, subraya justamente el deber de los estados, con la asistencia de la comunidad internacional, de realizar todos los esfuerzos para hacer frente a las necesidades alimentarias de sus poblaciones con medidas que respeten los derechos humanos y la regla de la ley.
Al principio, hay que actuar para asistir a cuantos sufren desnutrición y hambre, porque es difícil pensar que, en un mundo que gasta más de 1.300 millones de dólares al año en armamento, los fondos ‘salvavidas’ para ayudar a los necesitados no estén disponibles.
Por este motivo, el prelado subraya que una sincera voluntad de afrontar la cuestión deber ser acompañada por la acción necesaria, no sólo por palabras e intenciones. Del dicho al hecho hay mucho trecho, hay que dar el brinco necesario para librarlo, porque hechos son amores y no buenas intenciones.
Del mismo modo, la ayuda económica de emergencia inicial debe ser acompañada por un esfuerzo concertado por parte de todos para invertir en programas agrícolas sostenibles y a largo plazo, a nivel local e internacional.
El arzobispo Migliore recordó que, en los últimos 25 años, se ha verificado un notable progreso para reducir el número de personas que viven en extrema pobreza.
Si no se invierte de nuevo en la agricultura, sin embargo, el progreso alcanzado con duro trabajo y dedicación corre el riesgo de perderse, deben llevarse a cabo reformas agrarias en los países en vías de desarrollo que puedan dar a los pequeños agricultores los instrumentos para aumentar la producción de modo sostenible, así como el acceso a los mercados locales y globales.
Las políticas agrícolas y ambientales deben seguir la vía de la razón y del realismo para equilibrar la necesidad de producir alimentos con la de ser buenos administradores de la tierra.
La actual escasez de alimentos, para el observador permanente, vuelve a subrayar la urgencia de explorar nuevas fuentes energéticas que no opongan el derecho a la alimentación a otros derechos.
Para resolver la emergencia actual, de todos modos, es imprescindible una eficaz colaboración internacional.
El siglo XX sufrió trágicamente por los efectos de pueblos y gobiernos que miraban sólo al territorio nacional y por la falta de consulta y de cooperación multilateral. La crisis actual es una oportunidad para la comunidad global de reunirse y asumir la responsabilidad del prójimo.

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