lunes, 9 de agosto de 2010

Prioridades matrimoniales


Por: Querien Vangal
diciembre / 2008

 

«El estado de los casados es estado
noble y santo y muy preciado de Dios»
 
 

La primera dimensión de la fidelidad se llama búsqueda. Quien no busca ardiente, paciente y generosamente a su pareja ideal jamás tendrá a quien serle fiel. En esta dimensión hay que preguntarse a quién debo entregarle el resto de mis años para ser feliz buscando su felicidad.

Acogida, aceptación es la segunda dimensión. El "a quién debo consagrar mi vida" se transforma en un "te acepto". Aceptar a tu pareja es confesar que estás pronta para todo lo bueno y difícil que venga. El momento crucial de la fidelidad es aceptar al amado como es.

La tercera dimensión de la fidelidad se llama coherencia. Vivir conforme a los compromisos por amor. Ser coherente significa aceptar incomprensiones y buscar soluciones a través del diálogo antes que permitir rupturas. He aquí el núcleo más íntimo de la fidelidad.

Toda fidelidad debe pasar por la prueba más exigente: la de la duración. La cuarta dimensión es la constancia. "Es fácil ser coherente por un día o algunos días. Difícil e importante es ser coherente toda la vida. Es fácil ser coherente en la hora de la exaltación, difícil serlo en la hora de la tribulación. Y sólo puede llamarse fidelidad una coherencia que dura a lo largo de toda la vida".

Es fiel quien no traiciona en las tinieblas lo que aceptó comprometiéndose. Ojalá que al final de tu matrimonio se pueda decir: "¡Siempre fieles!"

«En un marido no hay más que un hombre; en una mujer casada hay un hombre, un padre, una madre y una mujer, en síntesis, la mujer es el eje y tronco de la familia»



 


El fantasma de la vejez

Por: Querien Vangal

 

El fantasma de la vejez sobrecoge a muchos. Se piensa en que se acabarán los placeres de la juventud. En que la pesadez de los miembros hinchados por la artritis apenas dejará movernos con lentitud. En que quienes hoy nos dan un cariño apasionado, mañana se alejarán con frialdad de nosotros. En que ya no tendremos ni esperanzas ni proyectos, sólo una vida árida y oscura, preludio de la muerte.

 

Sin embargo, quizá la vejez no sea como la pintan. Al menos, no para los que reconocen que la ancianidad es la edad de la sabiduría, quienes viven con miras más altas y piensan, por el contrario, que la vejez será su meta. El artista, inmaduro en su juventud, va a encontrarse por fin a sí mismo con los años. El sabio necesita tiempo y más tiempo para sus investigaciones.

En la medida en que hay espíritu, la ancianidad deja de ser una amenaza para convertirse en una ardiente promesa. No estaría mal hacer una prueba para medir la espiritualidad de las personas, fundándose en esta cuestión: ¿Qué piensa usted de la ancianidad? En nuestra época, la mayoría saldría de la prueba con cero. Hoy no se estima la valía de un individuo, sino su productividad económica: se le mide con el mismo criterio con que se juzga a una máquina o a una vaca.

Es que ahora no somos cultos, sino simplemente civilizados. En épocas de cultura, los viejos han sido considerados los grandes de la nación. A ellos se les confiaba el más alto de los oficios: el de gobernar. El Sanedrín de Israel estaba integrado por 72 ancianos. El Senado Romano tenía tanto o más poder que el César (senado viene de senectus: viejo).

Y entre los genios que se han significado en la Historia, muchísimos han realizado lo mejor de su obra en «la tercera edad»: Pitágoras, Sócrates, Platón, Aristóteles, Fidias y otros más en Grecia. Moisés contaba ya 80 años cuando liberó a su pueblo de la esclavitud de Egipto. Goethe escribió su Fausto también por esa edad. Miguel Ángel pintó El juicio final ya decrépito. Sería interminable la lista.

Un país culto y no decadente estimula a sus ancianos, pues sabe que en ellos reside la parte sabia de la humanidad. Hasta el humilde carpintero senil que ya no puede manejar la sierra, instruye a los novatos: es el maestro. Al anciano no le corresponde hacer, sino enseñar a hacer… no importa que lo haga desde una silla de ruedas. Desperdiciar la fuerza más fina y sutil de la nación resulta crasa necedad.

Nosotros mismos, espiritualizándonos, podemos prepararnos una brillantísima vejez, en lugar de vivir temiéndola. Nadie afirmará que la senectud carece de sinsabores; pero, ¿no padece también el niño grandes penas? ¿Y la pubertad? Cada edad tiene su cruz, y la de la ancianidad no es la más pesada, al menos para quien sabe ser viejo.

 

El doctorado de la vida

La psique de los viejos está hoy deprimida y deteriorada. Han de recobrar la conciencia de su valer, de su potencial anímico, de la preeminencia que les otorga habernos adelantado en las batallas de la vida. Y hacer que asuman su obligación de servicio, hasta comprometerlos para que se desaten del marasmo y se levanten a guiar y conducir, mostrando el norte en las diferentes tareas a las generaciones titubeantes que aún no se han realizado. Se pueden haber jubilado de un empleo, pero no de la vida.                  

 

La muchedumbre de longevos normalmente vive en su hogar, ejerce una profesión liberal, labora en oficinas, o dirige una empresa; está en los comercios, en las aulas, en los tablados del teatro y en los estudios cinematográficos, en los centros de investigación científica, en el barbecho, en la fábrica, en el gobierno.

Pero entre esta mayoría hay neuróticos que se repudian a sí mismos porque piensan que a esa edad ya no se tiene para qué vivir; o también los conturbados por la amenaza probable del cese; o desgraciadamente los hallamos de inútiles y estorbosos en casa esperando la muerte.

¡No, no y no! A estos veteranos de la lucha vital hay que obligarlos a que se revaloren. Deben reconquistar la dignidad, el respeto y el amor a ellos mismos. Hay muchas tareas generosas que los aguardan. Allí está un mundo desorientado y lleno de dolor que pueden guiar y consolar.

Hay que hacerles sentir estas verdades. Deben grabar en su mente que esperamos lo mejor de cada uno, en ésta, su edad provecta, «la buena edad», como la califica el escritor inglés Alex Comfort.

Nadie, pues, haga de su vejez un fracaso, cuando debe hacer de ella la brillante edad del espíritu. ¿Por qué ahora los mayores se niegan a ser grandes? ¿Y por qué nuestra cretina sociedad se atreve a impedir o a eclipsar la carrera gloriosa de la ancianidad, que de suyo debe ser ilustre?

Las personas mayores suelen negarse a reconocer que ya son ancianas. Y todo el mundo hasta evita esa palabra considerándola injuriosa. Generalmente se recurre a eufemismos como el de «personas mayores», «gente de edad», «señora grande», etcétera. Muy hermoso. Y aquí también los usamos, aunque a guisa de sinónimos solamente, pero el eufemismo crónico ¡es pura vergüenza de ser viejos!

Reivindicaremos las palabras «viejo» y «anciano». ¡Hay que pronunciarlas con orgullo! ¿Acaso no hemos indicado que al sacerdote católico se le da el tratamiento de «presbítero» (en griego «viejo») para honrarlo, porque la ancianidad es título de sabiduría? Esos vocablos castizos deben volver a ser empleados y con el mismo o mayor respeto con que se designa a alguien «doctor»: el docto, el experto, el que cursó el último grado del saber.

La juventud es apenas la escuela primaria de la vida; la madurez representaría los cursos universitarios de licenciatura; pero el doctorado del vivir sólo se alcanza en la ancianidad. ¿Quién se abochorna o toma a ultraje que le llamen doctor? Ha de enorgullecerse también de que lo llamen anciano.

 

¡Ancianidad obliga!

La vejez tampoco debe verse como un cúmulo de enfermedades orgánicas, aunque lo sea. Porque es más, infinitamente más que eso. ¡Cuánto disminuye el cuerpo, empero, cuánto crece el alma!

Verbigracia, haría el ridículo el biógrafo de Miguel Ángel que redujera la vida de aquel genio a la simpleza de su «historia clínica»; pues también sería grotesco describir la tercera edad como arteriosclerosis, cataratas, hemorroides, espondilitis y demás desperfectos. Además, las enfermedades no han sido óbice para llegar a la cumbre. Las averías corporales serán un estorbo y un fastidio, pero quedan al margen de la ascensión ¿Acaso la parálisis de las piernas impidió a Delhano Roosevelt escalar la presidencia de Estados Unidos?

 

Las metas que ofrezcamos a los viejos para inyectarles vida —vida que les escamoteó el ambiente materialista— han de ser las más nobles, las más dignas del ser humano, las supremas: el bien, la verdad, la belleza. Todos deberán elaborar sus objetivos, ya no económicos, sino de índole espiritual. La alta o baja calidad de nuestros proyectos es lo que confiere la baja o alta calidad de nuestra persona.

Se sufren, pues, achaques físicos que obligan a suspender las acciones externas y también se oscurecen el entendimiento, la memoria y la voluntad, semejante a lo que ocurre a los santos y a los yoguines cuando les es arrebatado el espíritu y acá dejan el cuerpo, aparentando estar muertos.

Sin embargo, aun el señor que pasa de los 90 ó 100 años, aparte de su misteriosa actividad celeste en provecho de su salvación eterna que ya está muy próxima, debe seguir sirviendo a la humanidad. ¡Que no haya decrépito inútil! Hasta el postrado en el lecho con grave enfermedad —que parece imposibilitado para todo— puede hacer algo, y algo principalísimo, esencial: puede orar y ofrecer sus sufrimientos, dar ejemplo moral de paciencia, de valentía ante el dolor, de cortés consideración para quienes le hacen el favor de atenderlo.

Hay que comprometer a los ancianos, incluso a los paupérrimos, también a los nonagenarios, lisiados o enfermos. ¿Y por qué no hasta a los agonizantes? Pues aun la muerte debe ser ejemplar: hay que saber morir y enseñar a morir. Mostrar cómo se debe morir será el último servicio que podamos ofrecer. Porque «Nobleza obliga». Sabiduría obliga. ¡Ancianidad obliga!

 

Los 7 dones de la vejez

Existen siete razones sólidas y convincentes para demostrar que es deseable la ancianidad Y de hecho la están anhelando todos, aunque sin darse cabal cuenta.

1. Jubilación.- En castellano «jubilación» deriva de la voz «júbilo»: alegría. Suena en la existencia la campana del Angelus que pone fin a tantos años de labores económicas; aparece en el cielo la primera estrella que señala el término de los afanes esclavos. ¡He aquí la hora de la libertad!

Y si los jóvenes arden por ya ser libres, deben saber que están apeteciendo librarse del horario, por tanto desean, sin formulárselo, arribar a la jubilación, ser viejos; pues sólo entonces lograrán mayor libertad.

 

2. Realización personal.-  No siempre el oficio que se ha venido desempeñando era del agrado; mientras que la auténtica vocación fue inhibida. Quizás el médico clínico prefería la investigación histórica; o el abogado el trabajo al aire libre de una granja; o la cajera del banco tocar el violín.

Para la mujer de hogar, una especie de jubilación ocurre cuando los hijos se han casado, o ya trabajan, o ingresan a la universidad. Y será entonces cuando ella tal vez decida establecer un negocio, o acaso entrar en la política, o cursar la carrera con la que siempre soñó.

El trabajo para conseguir el pan y cuidar de la familia ha cesado. Va a ser el momento de realizar al cabo los más bellos planes. Debe pensarse la vejez como el fin de semana, el asueto. La ancianidad es el sábado y el domingo de la vida, para lo cual solemos forjar previamente los proyectos.

3. Logro de las ambiciones juveniles.- El cadete que aspira a las barras de sargento, ascender a coronel y por fin a general, no ha de ver su pretensión saciada hasta que sea antañón. O el escritor que suspira por la gloria, acaso llegue a merecer el premio Nobel, mas irá a Suecia cuando ya ande muy lejos de la mocedad.

Todos en la juventud hemos clavado nuestras ambiciones allá, en la cumbre nevada de la vida, en nuestra ancianidad. Las metas se alcanzan hasta el atardecer. Y si todos aspiramos al logro de nuestros objetivos, estamos ansiando implícitamente la edad que nos ofrendará su cumplimiento.

4. Dominio de las pasiones.- Las pasiones menoscaban el libre albedrío. Anidan en nosotros desde la infancia y no nos abandonan nunca: la vejez no está exenta de ellas. Pero en la primaveral juventud las afecciones nos traían y llevaban a su antojo, éramos víctimas de esos impulsos que nos indujeron a cometer mil desatinos, de los cuales tal vez habremos de pagar de por vida las crueles consecuencias.

En cambio, al establecernos en nuestro otoño, aunque las pasiones sigan allí, tumultuosas y delirantes, son ahora como fieras encerradas en barrotes y poseemos la llave de la jaula. Esto es, se hallan sometidas a nuestro mando. Ya no, sin la aquiescencia de la voluntad, nos ataca impetuosa e inoportuna, la cólera; sino que le damos rienda suelta sólo cuando juzgamos que hay algo digno de levantar enérgica protesta.

¿Por qué temer a la ancianidad? Lo temible es la juventud con sus errores pasionales de largas y dolorosas consecuencias que no sólo afectan a quien cometió la equivocación: también laceran a inocentes.

5. Experiencia, técnica profesional y arte de vivir.- ¿Quién no aspira a ser un experto? Es obvio que la experiencia no se adquiere con los libros, ya que requiere dos cosas: haber cruzado muchos lustros del camino y haber reflexionado inteligentemente sobre cada uno de los acaeceres de la prolongada ruta.

Sólo el homo viator de larga caminata adquiere el gran saber. Experiencia es distinguir el bien del mal en cada caso; haber aprendido las causas de los aciertos y éxitos existenciales y también las causas de los daños y desastres. Tal sabiduría no le es dada todavía al efebo, al novato de la vida.

El joven, aunque posea preclara inteligencia, es un turista que acaba de llegar a la laberíntica ciudad de la existencia y, desorientado, se mete en callejones sin salida; o corre impetuoso en sentido contrario a donde debe ir; o choca y se hiere contra los árboles, contra los muros, o atropella en su carrera vehemente a quien se atraviesa por su camino. «Más sabe el diablo por viejo que por diablo».

Cierto que Fausto demandó en su vejez permutar el cuerpo decrépito por uno de radiante juventud; pero de ninguna manera solicitó que también se le trocara su alma vieja y sabia por una inexperta.

6. Desapego del propio cuerpo.- Además, directamente contra la angustia del deterioro corporal, la vejez ofrece una dádiva que funge como antídoto. Acontece en los grandevos un fenómeno psíquico extraordinario y providente. Ocurre al menos en quienes no se quedaron rezagados mentalmente en otra edad y viven su etapa cumbre con autenticidad. Tal modificación consiste en que esos seres maduros dejan poco a poco de identificar su yo con su cuerpo.

Un día encuentran que su cuerpo es nada más «su» cuerpo, su propiedad. Sólo su pertenencia, desde luego la más íntima y amada, pero que no se le confunde con el yo, que se le distingue del ego como tal. Los mayores ya no son su cuerpo, son su alma.

La ancianidad tiene el remedio de sus males físicos: los sentirá como ajenos. Así podrá uno conservar la serenidad e incluso la alegría, aunque no se le oculten los daños, pues los contempla desde el alto puente como las turbulencias del río, sin ser arrastrado por sus aguas.

7. Mística.- En los años grandes se siguen contemplando con placer las cosas terrenales; mas como quien disfruta de la vista del valle vislumbrándolo hacia abajo desde la cima alpinista de la montaña, sin mezclarse con su prosaísmo y sus ímprobos afanes.

Llega el ocaso de la vida. En el crepúsculo los objetos del mundo pierden interés al irse desdibujando sus contornos y tintes en la sombra. Opuestamente, en la altura contrasta con su luz el firmamento que se enciende en mágicos colores y aparecen las estrellas que no se habían advertido durante la jornada diurna. En el místico atardecer de la vida la mirada se extravía hacia el más excelso de los misterios: se descubre a Dios.

 

Educación juvenil para la vejez

Lamentablemente, no todos los longevos son viejos de verdad, si por vejez entendemos madurez y sabiduría. ¡Hay tantos que desprestigian con sus necedades, con su conducta, la edad divina…! Antañones sin seso mancillan hoy su alto rango y han sido los culpables de la repugnancia de los jóvenes hacia los viejos.

La causa es negarse a que se efectúe la ley de la metamorfosis mental. Le es dado al individuo decidir anclarse en etapas existenciales ya transpuestas. Es posible la regresión nostálgica a otra edad anterior, fenómeno que designa Freud como esencia de la neurosis. Los desventurados pseudo ancianos que por torpe añoranza voluntariamente se rezagan, no gozarán de los placeres de su fingida juventud ni tampoco recibirán los maravillosos dones que ofrece la metamorfosis al anciano auténtico. ¡Qué pobreza la suya y cuánta pesadumbre!

 

Es necesaria una intensiva educación para alcanzar la vejez, para aprender la ciencia vital que conduce al doctorado de la personalidad. Si nos proponemos educar para la vejez, no habrá necesidad de amonestar al joven exigiéndole respeto por los grandevos, porque los nuevos ancianos brillarán, serán respetables y dignos de amor. Habrán ganado con sus virtudes y méritos ocupar el sitio principal y principesco en el hogar, en el trabajo, en la comunidad. No podrá menos la juventud de mañana que mirarlos como a su modelo, su ideal.

 

Las cuatro metas del joven

Para hacer nuestra la cara experiencia, la sabiduría de vivir, hay una condición básica: la de poseer mente introversa, habituada a la reflexión. Sólo así se aprovecha cada acontecimiento grande o pequeño de la vida. Si no se medita sobre cada éxito y fracaso, cada dolor y placer, y se desentrañan sus causas, y se lo coloca en una jerarquía de valores, habrán transcurrido los años en balde, nada se habrá aprendido del arte de vivir. «Hay viejos que son muchachos», advierte la Biblia. Son los que se ahorraron reflexionar. 

 

La educación, antes que nada, ha de proponerse suscitar en los jóvenes la costumbre de pensar. Pero al mismo tiempo deberá dar al pueblo un hermoso concepto de la vejez, un sentido de la vida como amor servicial; y también la preparación específica para la ancianidad modificando la conducta personal en cuatro aspectos fundamentales enfocados a crear generaciones modelo de valores que den lo óptimo de su ser cuando alcancen la edad dorada.

Sobre la idea de la vida como servicio de amor, hay que asentar cuatro aspectos educativos: económico, físico, profesional y espiritual o mental.




Aspecto económico:


La infraestructura material desde la perspectiva del espíritu

Es preciso que el joven sea ahorrativo para que de anciano pueda ser generoso. Por otra parte, quien no aseguró económicamente su vejez, terminará refugiado en la casa de alguno de sus hijos donde habrá de soportar las vejaciones de la nuera, del yerno, de los nietos, lo cual menoscaba la dignidad y el honor que han de resplandecer siempre en el anciano.

Por el contrario, las personas mayores, como han de ser objeto de máxima veneración, jamás han de constituirse en una carga para su familia ni para el Estado. El prudente habrá amasado, en los años productivos económicamente, una moderada pero suficiente fortuna —en la medida de su clase y nivel social— para no llegar a ser un arrimado, sino que a él se le arrimen los hijos en momentos de necesidad. Así, conservará el puesto de soberanía entre los suyos.

Es falta de caridad, de amor, malgastar hoy el dinero ateniéndose a que habrá alguien que cargue con nosotros en la vejez. De ahora en adelante la persona ha de responsabilizarse de sí misma, no la beneficencia pública, no la seguridad social del gobierno. Estas sólo han de atender imprevistos, cuando a pesar de las previsiones no queda más remedio que ser una carga.

Sumemos otro punto de vista para reforzar la idea de educar en lo económico. No hay dignidad sin libertad, y la propiedad será siempre el baluarte del libre albedrío. El anciano sin posesiones habrá de someterse a la voluntad de quien representa su apoyo, se volverá esclavo. Con un capital razonable, será libre de elegir su trabajo, sus esparcimientos, de vivir donde le parezca, y, sobre todo, podrá dedicar suficiente tiempo a su familia y al servicio de la sociedad, que necesitará de su pericia y consejo.

Esta área de la educación es fundamental. Representa la infraestructura material, sólo que desde la perspectiva del espíritu.


Aspecto físico:


Mente sana en cuerpo sano

También habrá que educar en el cuidado del cuerpo. Aunque no será posible evitar el desmejoramiento de las cualidades físicas, con una vida ordenada y la ayuda de la ciencia sí se logra retardar o disminuir los desgastes.

Y como todas las comunidades necesitan peritos sanos para servir, habrán de preocuparse los gobiernos por mantener en el pueblo las costumbres profilácticas y morales, que han de ejercitarse desde la niñez a lo largo de la vida.

Conviene que el Estado sostenga campañas permanentes tanto de higiene física como mental: de prevención de enfermedades corporales y de morbos psíquicos. Así, verbigracia, junto a la promoción deportiva, las técnicas psicológicas aptas para evitar las nocivas preocupaciones y liberarse de la tensión mortal a que nos somete nuestro siglo.

Más que nada habrán de promoverse de continuo campañas contra la pornografía y contra cada uno de los vicios devastadores, como el alcoholismo, la pereza, la drogadicción.


Aspecto profesional:


Sembrar la semilla de expertos

La educación profesional en todas las ramas con miras al peritaje es la que interesa más inmediatamente a los países en vías de desarrollo que, más que levantar su economía, requieren ya dejar de ser administrados por políticos improvisados y ambiciosos, para serlo por expertos.

La mejor fortuna, el energético más preciado de una nación, es disponer de diestros conocedores que sepan solucionar problemas técnicos y sean aptos y sapientes para guiarla.

La educación ha de encargarse de crear el contagio colectivo de una entrega apasionada de cada cual a su propio oficio. En ello consistirá la siembra de la semilla de expertos. Y aunque no en todos fructifique, muchos llegarán a peritos y ellos ofrecerán bienes sin cuento.

Hay que crear un ambiente idealista acerca del significado del trabajo; recrear aquel espíritu de otrora. En siglos pasados lo normal era que desde el oscuro artesano hasta el funcionario ilustre consideraran la retribución económica como cosa secundaria, pues lo cautivador y motivante era expresarse en el trabajo, igual que el poeta en su poema: con esa misma dedicación y amor.

Hoy se multiplican las quejas de cesantía. Se está haciendo costumbre despedir u hostilizar al empleado que cumple 40 ó 45 años para que renuncie, así sea un ejecutivo. Pero esto ocurre a los mediocres, no a los expertos que se han hecho insustituibles. A ellos, aun después de la jubilación, se les llama porque se requiere su consejo y peritaje, considerando que son los únicos verdaderamente capacitados.


Aspecto espiritual:


Paradigmas vivos

Se entiende que las cuatro áreas educativas han de ser simultáneas, aunque aquí hayamos de enumerarlas en sucesión. Hecha esta advertencia, pasemos a la cuarta meta, la mental, moral, espiritual o como quiera designársele.

Nada se ganaría con haber formado hombres realmente expertos, con buena salud y sin problemas económicos —educados en esas tres perspectivas— si aquejan a su carácter aquellos defectos que los convierten en seres antisociales si son egoístas, malhumorados o deshonestos. Todas las ventajas se anulan cuando se carece de virtudes morales.

El ejercicio de la ética ha de llenar la vida entera desde sus comienzos, y estará encomendada a las tres agencias educadoras: el hogar, la escuela y el Estado.

Cierta vez le preguntó alguien a Napoleón desde cuándo debía educarse a un niño y respondió: «20 años antes, educando a sus padres». La formación de padres resulta indispensable. Y, sobre esto, llevar a la pareja a la convicción de que es grave error empeñarse en criar a los hijos para ser felices en vez de educarlos para ser buenos.

Las virtudes requieren vigilancia permanente y propósito diario de fomentarlas y acrecentarlas, en tanto que los defectos y vicios se desarrollan y medran por su cuenta conforme avanza la edad, con lo que llegan a ser insoportables y destructores en la época senil.

Un ejemplo es el joven que sólo en reuniones tomaba unas copas de más y ahora es alcohólico o el estudiante acostumbrado a protestar siempre en apoyo de causas justas e injustas, que se convertirá en el viejo gruñón a quien nada le parece y a todo le halla defecto, inaguantable en su trabajo, en su hogar, con sus amigos, y acabará la familia por deshacerse de él enviándolo a un asilo.

Al contrario, el grandevo que aparecerá mañana en el mundo ha de ser paradigma de peritos a la par que espejo de virtudes. («Virtud —decía Cicerón— tiene nombre de varón». Viene de vir, que significa «fuerza»). Estos seres fuertes se constituirán en modelos vivos para las otras generaciones, de manera que ofrezcan la enseñanza objetiva de cómo se debe vivir. Entonces infundirán el respeto que los longevos de hoy han perdido, levantarán a su paso la admiración, conquistarán el amor. En sus ancianos, como en la mejor de las cátedras, aprenderán los pueblos a amar con pasión los valores.

Con el brillo del bien moral en la frente de los ancianos habrá una lección de continua sabiduría que arrastrará las voluntades; una cátedra humanista de cómo se debe vivir y cómo se debe morir.

Quien enseña a abatir el temor de la muerte, abrirá la fuente de la alegría de vivir, pues con ello habrá arrancado la raíz de toda angustia. La valiente sabiduría del morir libera de arrastrarse por el camino con la muerte a cuestas. Así, el joven educando de hoy se convertirá en el máximo educador de las generaciones futuras.

 

Quizá el cambio más impresionante, entre los que he podido advertir, fue en Juan Pablo II, quien después de 20 años de pontificado, fue el del rostro. Semicerrado el ojo izquierdo, ahondadas las arrugas, los labios en apretado rictus distendido intermitentemente por una sonrisa. No termina allí el deterioro corporal de quien fue Papa. Estuvieron, ante millones de ojos, el temblor de la mano izquierda agitada por el Parkinson, la fragilidad de las piernas que se movían y flexionaban con evidente dificultad, el encorvamiento de la espalda, el flaquear momentáneo de la voz, el cabello agostado y la piel deshidratada.

A Juan Pablo II no le dio miedo ni le causó vergüenza ser un viejo. Ni parecerlo. Ni ser visto en sus debilidades. No usó peluca, no disimuló su cojera, no se hizo maquillar, ni reconstruir el párpado dañado, no escondió su necesidad de apoyarse en un bastón ni la de hacer una pausa a mitad de una escalera; se muestra como es. 20 años antes, cuando lo acompañaban la fortaleza de los músculos y el pleno control del cuerpo, tampoco dudó en dar prueba de su energía y vitalidad. Aceptó el tiempo y los efectos del tiempo. Sabía que este es la materia prima de la eternidad. No ignoró que el hombre está sometido al tiempo y en el tiempo.

El Papa Juan Pablo II que fue obrero, actor, estudiante, alpinista, remero, caminante y corredor hubiera podido disimular la carga de los años, el dolor de la enfermedad, el temor de la inseguridad material. Pero no. No nos tendió ni cayó en la trampa según la cual la imagen de Dios sólo puede ser la de la frescura de la infancia, la del ímpetu de la juventud, la de la seguridad de la madurez, a las que rendimos culto casi idolátrico los hombres y las mujeres de hoy, cumpliendo mandamientos de moda, higiene y gimnasio: no fumarás, no comerás carbohidratos, amarás la salud y la lozanía sobre todas las cosas, honrarás a tu báscula, no envejecerás, no sufrirás. Juan Pablo II se sometió a la ley del hombre que es la de la vida, la del amor, la de la muerte.

Juan Pablo II hizo de su asumido deterioro físico un himno a eso que ahora llamamos tercera edad. Un sacramento a la vejez. Un poema a la debilidad. Una proclamación del dolor como parte esencial de la redención. Un canto a los abuelos



sábado, 20 de marzo de 2010

Pena de muerte

 

Por: Flor Berenguer

Septiembre / 2008

 

Cuando estudiaba mi primera carrera profesional, la situación en casa era crítica en lo económico y familiar. Sin entrar en dolorosos detalles que afectarían a terceros, diré que me ví obligada a trabajar para poder estudiar.

 

 Así las cosas, los empleos de medio tiempo para alguien que

recién salió de la prepa no crecen en los árboles y con muchos esfuerzos conseguí el peor de ellos pero que al menos me permitía llegar a tiempo a clases.

 

 Éste consistía en dar clases de literatura española a los presos de la penitenciaría para varones de Santa Martha

Acatitla, la grande, denominada así porque allí se encuentran aquellos criminales que ya han agotado todas las instancias legales y purgan allí su sentencia hasta el término.

 

 Por las condiciones excepcionales de la secundaria técnica

que opera al amparo de la ley de normas mínimas y remisión parcial de la pena, se me autorizó el empleo sin contar con el

título de maestra normalista ya que agradecen al cielo que cualquiera se aparezca a cubrir las vacantes mal pagadas, peligrosas y encima lejanas.

 

 Durante casi 5 años mi rutina diaria iniciaba de madrugada

para llegar en 3 ó 4  camiones hasta el fin de Iztapalapa a checar tarjeta antes de las 7 a.m., dar mis clases, colaborar en las entrevistas para pre-liberación y realizar otras actividades de orden cultural.  Salía de allí a medio día con una torta de frijoles y una concha, tomadas del rancho carcelario para llegar a CU antes de mi primera clase a las 2 pm.

 

 Esos años departiendo con lo más granado de la criminalidad me autorizan moralmente a reiterar que creo totalmente en la pena de muerte y que considero indispensable revivir el espítiru original del artículo 22 de nuestra constitución que la señala para secuestradores, salteadores de caminos, traidores a la patria y asesinos con alevosía.

 

 Estoy harta de escuchar las explicaciones bizantinas de los defensores de los derechos humanos que sólo se abocan a tutelar los de los criminales sin pensar que son las víctimas las que deberían quedar salvaguardadas de entes que no merecen el calificativo de humanos y menos aún de animales ya que estos matan por hambre o protección, nunca por el placer de hacer daño o generar una ganancia adicional al sustento cotidiano.

 

 En mis años de trato con criminales, violadores, secuestradores, asaltantes, pederastas, narcotraficantes, asesinos a sueldo, rateros y maleantes de toda calaña puedo asegurar que hay en algunas personas un gen maligno que impide toda rehabilitación y que la linea sutil del bien y el mal está totalmente borrada en sus mentes.

 

 Para ellos no hay rehabilitación posible, sólo la destrucción de su malignidad pone a salvo al resto del mundo de esta mancha contaminante.

 

 Con los pelos de la burra en la mano puedo afirmar sin temor a que nadie me contradiga que las cárceles no son centros de rehabilitación como cacarean las autoridades sino verdaderas universidades del crimen, sobre todo las prisiones mexicanas que tienen este sui generis sistema tipo Club Med donde el preso goza de mil canonjías siempre y cuando las pueda pagar y que son un verdadero insulto de corrupción para las víctimas a las que la justicia nunca les cumple.

 

 El caso de Fernando Martí, este terrible secuestro que no sólo acabo con la vida de un jovencito de sólo 14 años, sino con toda su familia que quedó moralmente destrozada, vuelve a poner en el tapete de la discusión el tema y creo que ya hay que dejarnos de niñerías y aceptar que la realidad nos ha rebasado y que no vivimos en Disneylandia.

 

 El diputado priista Emilio Gamboa desde la Cámara de Diputados lanza la propuesta y yo estoy dispuesta a sentir simpatía electoral por cualquiera que saque de circulación a esos seres abominables sin entraña que no se tocan el corazón para jugar con la vida y suerte de los demás, porque no nos hagamos idiotas ¿alguien espera que años en reclusión rehabiliten a estos monstruos?

 

 La opción que dan los defensores de los derechos humanos es la cadena perpetua que no lo es tanto ya que la pena máxima en México es de 40 años no acumulables y con la ley de normas mínimas y remisión parcial de la pena hablaríamos que en no más de 18 años el sujeto estaría en la calle delinquiendo de nuevo, eso, claro está, si no se fuga antes, tras vivir entre rejas de nuestros impuestos gozando de visitas familiares, conyugales, comida casera, televisión, celda privada y todo lo que su dinero le pueda comprar gracias a la rampante corrupción carcelaria.

 

 No seamos inocentes, el Mochaorejas o estos judiciales de la banda de la flor no tienen rehabilitación posible como tampoco la tienen quienes actúan por compulsión como los violadores y pederastas, por lo tanto antes que una manzana pudra a todo el barril es mejor desecharla.

 

 Por ello le invito a que presione por que la pena de muerte regrese a nuestro país. Ya se que los estudiosos del derecho, mismos que posiblemente no hayan pisado una cárcel ni de broma vengan a decirme que eso no limita la delincuencia, argumento que tal vez sea cierto en teoría pero en la práctica se ha demostrado que la mano dura ayuda bastante a evitar las reincidencias.

 

 En esos avatares de mi rocambolesca vida, pasé un tiempo en Afganistán y Pakistán, países musulmanes que no se andan con cuentos a la hora de castigar el crimen.

 

 Allí si robas, se te corta la mano criminal y la horca te espera en casos de asalto, asesinato o narcotráfico, con lo cual puedo afirmar que me sentía más segura al viajar al lado de los guerrilleros Mujaidines afganos que dejando mi carro estacionado en una calle céntrica de la Ciudad de México.

 

 Por ello celebro y lo hago con mayúscula que el gobernador

Perry de Texas no haya echado la pata para atrás a la hora de castigar a José Medellín, ese tamaulipeco indocumentado que hace 15 años tomó parte en la violación tumultuaria, tortura y muerte de dos adolescentes en Houston y al cual tan

'valientemente' defendió a un costo millonario el gobierno mexicano aduciendo al hecho que cuando fue detenido él no solicitó auxilio consular ni se le informó del derecho al mismo.

 

 Medellín, cínico en su confesión, esperó en el pabellón de la muerte por una clemencia que no tuvo para con sus víctimas tras alegatos legales que le prolongaron la vida 15 años.  Finalmente la Suprema Corte de Justicia de los Estados Unidos se puso de corbata a la Corte Internacional de la Haya e hizo lo que su ley dice en su país. Y de nuevo lo apoyo, ya basta de hacerle a la Madre Teresa de Calcuta con esta bola de desechos sociales.

 

 Necesitamos mano dura, que delinquir no sea buen negocio, que la policía nos cuide en vez de hacernos sus víctimas y que en México el crimen no sea buen negocio.

 

 Cuando pienso en cuantos Fernandos Martí hay por allí, víctimas de judiciales, policías, Afis y demás yerbas, reitero mi llamado a que dejemos de pastar mansamente como borregos y alcemos la voz con un ¡Ya basta! claro y fuerte que se escuche en el 2009 en las urnas, único lenguaje que entienden nuestros políticos Totalmente Palacio.

 

 A estas alturas de mi vida, tan llena de altibajos, bueno, más bajos que altos, curtida por la crueldad de verdaderos pros, no siento que tenga ya nada que perder al intentar iniciar un movimiento ciudadano que responda realmente a lo que siempre hemos soñado y nunca hemos obtenido, como dice mi admirado Mario Benedetti:'Te quiero en mi paraíso, es decir que en mi país la gente viva feliz, aunque no tenga permiso.

 

 ¿Te gustaría entrarle?

 

 



«El hombre sin honra peor es que un muerto»

sábado, 13 de febrero de 2010

“Todavía quedan cimientos”, un libro revelador

Por: Raúl Espinoza Aguilera

Febrero / 2010

El Senador César Leal, antiguo embajador de México en Grecia, acaba de publicar un interesante libro titulado: "Todavía quedan los cimientos" (1), con un espléndido prólogo del doctor en Filosofía, Héctor Velázquez.

Originalmente tenía la impresión de que su publicación versaba únicamente sobre temas de política nacional, pero me ha sorprendido gratamente su enfoque filosófico, antropológico, sociológico, científico y literario, propio de un pensador con hondas raíces cristianas.

Fundamenta muy bien su punto de partida. Esto es: la dignidad de la persona humana. Cada ser humano –comenta– es "único e irrepetible, con un valor que nadie puede compartir. Cada quien vale, porque cada quien es. Ésta es la dignidad del hombre, que finalmente se asimila en la merced que Dios tuvo con su criatura".

Me parecieron, justas y adecuadas a la realidad histórica, sus reflexiones sobre la riqueza intelectual que nos aportó la Edad Media, porque es indudable que mientras las tribus bárbaras –procedentes de las regiones del Este europeo– invadían amplios territorios del mundo occidental, causando graves estragos en las ciudades; en los conventos y abadías –en cambio– se conservaron los libros, los tesoros de la herencia intelectual.

Se continuaron los trabajos de investigación espiritual, literaria y científica, y constituyeron a la postre importantes focos de irradiación cultural –no sólo de evangelización– para los pueblos sumidos en la ignorancia, que con la permanente inestabilidad social carecían de escuelas y universidades.

Gracias al empuje de numerosas instituciones religiosas de la Iglesia Católica se contribuyó a un nuevo renacer de las artes, de las ciencias y de los centros educativos. Sin la Edad Media, no se hubiera podido gestar el Renacimiento.

Por otra parte, coincido con el autor en que la Revolución Francesa y su conocido lema de "libertad, igualdad y fraternidad", pertenecen multisecularmente a la cultura judeocristiana y obedecen más bien a la concepción cristiana de la dignidad humana.

Afirma el Senador Leal: "Los mexicanos traen, pues, en sus tejidos, la libertad. La traen como una herencia de Dios, y en su escritura se asienta la constancia de su filiación. (…) la libertad, y los bienes que anuncie o los males que presagie, no tendrán significado si atentan contra el atributo supremo".

México tiene su propia identidad dentro de un maravilloso mestizaje cultural y, por lo tanto, su propio destino. En cambio, la Revolución Francesa ha sido "larvada en otros genomas", afirma el escritor. Sin dejar de reconocer sus valiosas aportaciones a las modernas repúblicas.

Nos pone en guardia, también, contra la presencia omnímoda del Estado que se presenta a sí mismo como la fuente de la existencia de los individuos y no duda en arrogarse el origen de los derechos más fundamentales del hombre, como el derecho a la vida, al tránsito de lugar o a la asociación.

Expone cómo –de modo casi insensible– se ha pretendido cambiar en algunas naciones el concepto de "persona" por el de "individuo". "Mientras que la persona –escribe– alude a la pertenencia al todo social", con ese término se reconoce plenamente la enorme dignidad de sus derechos inalienables.

Por el contrario, con la palabra "individuo" se percibe más bien como una especie de elemento anónimo dentro de una gran maquinaria y a las órdenes de las conveniencias políticas de los gobernantes en turno.

Esta concepción ha degenerado en un individualismo a ultranza, en un liberalismo salvaje, relegando su vocación fraterna y solidaria, que ha resquebrajado a las mismas estructuras de los países demócratas, como lo hemos presenciado con la actual crisis económica mundial.

Con acierto analiza los grandes totalitarismos que asolaron durante el siglo

pasado a muchas naciones del orbe.

El comunismo se presentó predicando los caminos de una nueva salvación y la liberación del obrero. Y cayó en un materialismo, ausente de toda espiritualidad, que esclavizó a millones de seres humanos bajo férreas dictaduras y cárceles tan extensas como sus territorios.

"No estoy seguro –comenta con acierto– que en la experiencia habida quedó clara en la conciencia universal que la grieta que terminó por hundirlo era de naturaleza antropológica, que equivocaba la construcción del edificio, porque la falla estaba en el cimiento: la dignidad del hombre".

Asegura que esa tentación totalitaria sigue vagando por el mundo. Su ideología no se ha disuelto completamente. Considera que el comunismo flota por el orbe buscando a un dictador que quiera ocupar de nuevo los cuerpos de Lenin o de Stalin.

Para explicar el fenómeno del nazismo utiliza magistralmente un texto de la tragedia de Macbeth de William Shakespeare. Se trata del diálogo de las tres brujas que se reúnen una noche de tormenta en una tenebrosa casona de Escocia, invocan al demonio bajo un pacto siniestro y proclaman el comienzo de la era de las tinieblas.

Durante la Alemania nazi, ¿cómo fue que se conjuntaron la inteligencia, la maldad, la perversión servil? ¿Cómo fue posible que ilustres intelectuales, catedráticos, científicos y tantos brillantes profesionistas resultaran persuadidos por un modesto pintor de origen austriaco llamado Adolfo Hitler, que con una oratoria exaltada reclamaba la superioridad de la raza aria?

"No hay nada más peligroso que la confusión de un filósofo mezclada con la ambición de un líder", asevera el autor, porque el dirigente alemán acusó al pueblo judío de ser la causa de casi todos los males de Alemania y arrastró –en su locura– a multitudes fanatizadas con el objetivo de aniquilar a la milenaria cultura semita.

Comparando a esas brujas de Macbeth y lo que acontecía en la mente maníaco-obsesiva de Hitler, el Senador Leal afirma: "Hitler se erige en el Profeta de la Revelación y desde las cervecerías de Munich convocó a los obreros alemanes para que, en cumplimiento de un destino, reclamaran un espacio vital para la gran nación de la raza inicuamente dispersa por Europa y se libraran para siempre del maleficio judío, enemigo jurado de su amada Patria y origen de una conspiración disolvente".

Por su parte, Benito Mussolini, reflexiona el Senador, inauguró un estilo muy particular de gobernar con gestos teatrales y discursos grandilocuentes. El llamado "Duce" impuso en Italia un gobierno fascista, de Partido Único, que a su vez fue el instrumento de control de un Estado que lo abrazó y manipuló todo.

Tampoco el fascismo está enterrado del todo, sostiene César Leal, porque por todo el mundo –de ayer y de hoy– han proliferado "duces", que con la engañosa bandera de luchar por los "más nobles intereses del pueblo", recurren a la demagogia, al populismo, y a las nuevas dictaduras que observamos también en nuestro continente.

En síntesis, se trata de un libro que emana erudición y dominio tanto de los saberes científicos, tecnológicos, sociopolíticos como literarios. Con soltura cita a los clásicos de la Literatura, como: Homero, Dante, Milton, Cervantes… hasta textos de la Biblia y documentos islámicos.

En la redacción del escrito, cada frase está meditada, pulida, cuidadosamente trabajada, con el oficio de un minucioso artesano de la palabra.

Personalmente, lo que más me impactó de este libro es que el Senador César Leal se muestra abiertamente, ante la opinión pública, como lo que realmente es: un político y un pensador cristiano. Sin inhibiciones ni complejos; todo lo contrario, con la seguridad y a la vez con la humildad, de quien sabe a ciencia cierta que expone la verdad.

Sin duda, sus profundas reflexiones contribuirán a enriquecer nuestra identidad como mexicanos y a fortalecer los valores de nuestra rica herencia cultural.

Además, es un libro particularmente útil para los que se dedican al quehacer político, con un mensaje de esperanza para mirar el futuro con optimismo, como bien lo expresa su sugestivo título.

(1) Leal, César, "Todavía quedan los cimientos", Editorial Porrúa, México, 2009. 183 páginas.

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