martes, 24 de marzo de 2009

Nunca olvides

Por: Querien Vangal

Que tu presencia es un regalo para el mundo.
Tú eres única y sólo hay una igual a ti.
Tu vida puede ser lo que quieres que ella sea.
Vive los días, apenas uno por cada vez.
Cuenta tus bendiciones, no tus problemas.
Tú los superarás, venga lo que tenga que venir.
Dentro de ti hay muchas respuestas.
Comprende, ten coraje, sé fuerte.
No te pongas límites a ti mismo.
Muchos sueños están esperando para ser realizados.
Las decisiones son muy importantes,
pero deben ser dejadas para el momento adecuado.
Nada consume más la energía que la preocupación.
Cuanto más tiempo se carga un problema,
más pesado se hace, no lleves las cosas tan en serio.
Vive una vida de serenidad, no de arrepentimientos.
Recuerda que un poco de amor dura mucho.
Recuerda que la amistad es una investidura sabia.
Los tesoros de la vida son todas las personas.
Percibe que nunca es demasiado tarde.
Haz cosas simples y de forma simple.
Ten salud, esperanza y felicidad.
Encuentra el tiempo para hacer pedidos a una estrella.
Y nunca jamás olvides, ni por un día siquiera,
que tú eres especial.
Y sonríe Siempre... Que Dios espera tu sonrisa.

lunes, 23 de marzo de 2009

Mujer... feliz de ser mujer

Fuente: Catholic.net
Autor: Lucrecia Rego de Planas
Ayer, mientras esperaba que mis hijos salieran de su clase de natación, no pude dejar de escuchar la conversación que se llevaba a cabo entre dos mujeres que estaban frente a mí.
Tendrían alrededor de 35-40 años. Una de ellas vestía un traje sastre, traía un portafolios colgando del hombro y un bebé de unos seis meses en los brazos. La otra en pants, traía una raqueta de padel y una niña de unos tres años, abrazada de su pierna. Las dos estaban acompañadas por sus nanas.
- Hace mucho que no te veía... ¿cómo has estado?
- Uf... corriendo como una loca. Me acaban de dar el puesto del que era mi jefe. Estoy bien contenta, pero agotada.
- Qué bien, felicidades, pero ... ¿cómo le haces con tu bebé?
- Bueno, llego muy tarde a la casa y casi no lo veo, pero... ya ves que dicen que
"es mejor darles calidad que cantidad" de tiempo. Y cuando llego, estoy con él, de verdad.
- A mí me encantaría ponerme a trabajar. Pero por ahora, estoy dedicada "de tiempo completo" a mis hijos... Tal vez cuando crezcan.
Una conversación simplona, que se puede escuchar todos los días en cualquier lugar y que refleja la insatisfacción que sienten gran parte de las mujeres de hoy, independientemente de si trabajan o no, fuera del hogar.
Las mujeres que trabajan... insatisfechas
Si observamos un poco a una mujer que trabaja fuera del hogar, vemos que exteriormente da siempre la imagen de estar autorrealizada, orgullosa de sí misma y permanentemente agobiada, como tratando de hacer ver a los demás, que ella sí está logrando exitosamente ser mamá, esposa y profesionista, eso que el mundo dice que es algo imposible de lograr.
Cuando se encuentra con una mujer que no trabaja, le dice que la envidia, con expresiones de este tipo: “qué rico que no trabajas, con razón tienes tu casa tan linda”, pero en su interior la critica terriblemente: “se levanta a las 10 a.m... es una floja”.
La mujer que trabaja vive en un estrés continuo, pues quiere demostrar al mundo entero que ella no descuida nada, que es perfecta en todo, que es la mismísima mujer maravilla. Sin embargo, en el fondo de su corazón, se siente culpable de no estar con sus hijos lo suficiente, una culpabilidad que le reclama el estar “autorrealizándose” a costa de su familia.
Por supuesto, ante los demás se escuda y se justifica, con la falacia de “es mejor darles calidad que cantidad”, aunque se da cuenta a leguas, de que eso no es cierto.
Todos saben (y ellas también) que los niños no necesitan una mamá que los llene de besos y abrazos durante media hora al día. Necesitan una mamá que esté presente en los momentos adecuados para cuidarlos, consolarlos, corregirlos y educarlos. Es decir, siempre.
Las mujeres que no trabajan... insatisfechas también
La mujer que no trabaja desearía estar trabajando, pues teniendo una profesión universitaria, se aburre terriblemente jugando padel tenis, haciendo flores de migajón y yendo al supermercado, pero... finge estar feliz y tranquila, pues ha oído que las mujeres “buenas” son las que se dedican exclusivamente al hogar y a los hijos. Oculta un sentimiento interno de frustración, por no estar autorrealizándose, por culpa de sus hijos.
Si se encuentra con una mujer que trabaja, la alaba con expresiones como “estás picudísima”, pero en el fondo la critica pensando “tiene a sus hijos abandonados con el chofer y la nana”.
Lo peor es que sabe muy bien que ella, aunque dice que se dedica "de tiempo completo" a los hijos, también los deja (y tal vez más que la otra), para ir a sus clases de gimnasia, costura, repostería, pintura, literatura y arte contemporáneo, a la peluquería, al café con las amigas, al banco, al supermercado y a todos esos lugares a los que van las amas de casa.
Los culpables de esta insatisfacción... por supuesto, los hombres
Sin duda, los hombres son los culpables de que hoy por hoy, la mujer sienta esa insatisfacción. Por querer darle gusto, han accedido a tratarla como hombre y la han llevado a enfrentarse a un dilema que no tendría por que existir: ¿Trabajar para autorrealizarme o ... no trabajar, para ser buena esposa?
Los hombres se olvidaron de que la mujer funciona diferente que ellos, simplemente porque no es un hombre.
El hombre, aunque tenga varios roles en su vida, es un personaje uni-canal, que cuando está trabajando está totalmente concentrado en el trabajo y se olvida de que es esposo y padre. Cuando representa el rol de esposo, no piensa en su trabajo ni de chiste. Su cerebro está programado para pensar en una sola cosa a la vez.
La mujer, en cambio, puede estar en cinco asuntos al mismo tiempo. Puede perfectamente, estar atendiendo una llamada de negocios y cambiando un pañal, mientras revisa la tarea de otro de los niños y le entrega a la cocinera una nota con el menú del día siguiente.
No es nada del otro mundo, porque Dios dotó a las mujeres de un cerebro ”multi-canal”, que las hace capaces de ejercer varios roles al mismo tiempo, sin que uno u otro se vea deteriorado.
¿Cuando surgió el dilema?
Hasta antes del siglo XIX, el trabajo era una parte integral de la vida de la mujer, quien representaba sus roles de esposa, madre, ama de casa y trabajadora, de una manera natural. Nadie se escandalizaba de saber que la esposa salía de la casa para atender a algún enfermo, el puesto en el mercado, el comercio familiar, el trabajo en la agricultura o en la granja. La mujer siempre había trabajado como mujer (no como hombre) y eso era lo natural. En su casa, guardadas, sólo se quedaban las mujeres enfermas o minusválidas.
En el siglo XIX, con la Revolución industrial, los hombres vieron que el trabajo en las fábricas era demasiado rudo para la mujer (lo cual era cierto) y, queriendo protegerla y proteger a su familia del abandono materno, la excluyeron por completo de la opción de compartir su riqueza con el mundo. Decidieron, los hombres, que ellos se dedicarían a la empresa y la mujer solamente al hogar, enfrentándola a un problema que antes no existía: Maternidad, sí - Trabajo, no. Esta decisión masculina significó una pérdida importante en la identidad intrínseca de la mujer, quien se sabe llamada a darse, no sólo a su marido y a sus hijos, sino también a la sociedad. La mujer del s XIX, como la de hoy, estaba convencida de poder atender hijos, marido, casa, sobrándole aún tiempo y capacidad para amar a los demás. Su naturaleza, llamada a la entrega, se sintió aprisionada en un espacio que le quedó chico y, con toda razón, se rebeló.
Fue entonces cuando la mujer, representada por el movimiento que iniciaron las ideas de Simone de Beauvoir, pidió el derecho de volver a trabajar, porque se sentía insatisfecha solamente con el trabajo de la casa, pero… aquí estuvo el gran error… el movimiento feminista, en lugar de pedir sus derechos de mujer como mujer, pidió que la devolvieran al mundo laboral con condiciones iguales al varón. Al ser aceptada su propuesta, se metió en mil problemas, pues la mujer nunca podrá trabajar como un hombre. La mujer debe trabajar como mujer y el hombre como hombre.
No niego que la mujer es capaz de cubrir las responsabilidades de cualquier puesto de trabajo, y las puede cumplir tal vez mejor que cualquier hombre, pues por su misma naturaleza llamada a la entrega incondicional, involucra toda su persona en lo que realiza, se apasiona fácilmente y tiene una fuerza impresionante para vencer los obstáculos. Pero para hacerlo bien, lo tendrá que hacer en su estilo femenino, de una manera integral, sin olvidar ni abandonar en ningún momento su condición de ser esposa, madre y ama de casa.
Al exigir condiciones iguales al hombre, la mujer se vio enredada en unas "reglas del juego" imposibles de cumplir sin descuidar sus otros roles : horarios fijos de trabajo, jornadas extensas, competencia dentro de la empresa. Con estas condiciones iguales a las del varón e incompatibles con sus roles de esposa y madre, la mujer se enfrentó al dilema contrario: "Trabajo sí, maternidad no."
En lugar de luchar por su derecho a darse, a entregarse a los demás, a enriquecer y ayudar al mundo, que es la inquietud del corazón de la mujer, el movimiento feminista distorsionó el mensaje y exigió para la mujer cosas totalmente contrarias al amor, cosas nacidas del egoísmo: el derecho a desarrollar-se, a superar-se, a enriquecer-se, a autorrealizar-se.
Con esto, la mujer perdió su identidad como mujer. El corazón de la mujer se deterioró cambiando el amor y el deseo de darse, por el egoísmo y el deseo de autorrealizarse.
Como consecuencia directa, la familia se empezó a deteriorar, por tener en su seno mujeres francamente deterioradas… mujeres que empezaron a ver a los hijos como "enemigos" u "obstáculos" de su autorrealización y que empezaron, por lo mismo, a tener menos hijos, más tiempo para sí mismas y por ende, más egoísmo, del cual ahora son víctimas los esposos, los hijos y la sociedad.
¿Qué podemos hacer para encontrar la verdadera realización?
El secreto está en regresar a lo propio de la mujer, que es la entrega de sí misma. Sólo entregándose totalmente, es como la mujer se puede sentir auténticamente realizada.
Hoy más que nunca, el mundo necesita de la mujer. La mujer no puede, ni debe, desperdiciar los dones que ha recibido, aún cuando haya decidido no trabajar para una empresa de manera formal.
Es injusto, no sólo para ella, sino para la sociedad completa, que una mujer que ha estudiado, que tiene una carrera profesional, que sabe varios idiomas, que tiene un corazón enorme para entregarlo a los demás, se quede con esos dones escondidos, guardados e inutilizados, llenando su tiempo libre en los gimnasios, los cafecitos, los centros comerciales y los salones de belleza.
La mujer plenamente realizada no es aquella que obtiene grandes éxitos profesionales a costa del descuido de su familia. Tampoco aquella que se queda en casa de una manera egoísta, cómoda e insatisfecha. La mujer que se siente realizada, es la que ama y se siente amada, la que se entrega de manera plena, a su marido, a sus hijos y a la sociedad.
Así como comer, dormir, bañarse y cocinar, jugar tenis e ir a visitar a la amiga, son compatibles con la maternidad y la correcta educación de los hijos, también es compatible trabajar. Nunca debió de hacerse esa separación, pues el trabajo no es un derecho de la mujer, sino una responsabilidad natural para con el mundo entero.
El secreto está en hacerlo por amor y no por egoísmo, por compartir lo mucho que se ha recibido con el mundo y no por querer ocupar un lugar exitoso. Los hijos se darán perfecta cuenta de las intenciones de su mamá. Así como aborrecerán a una madre egoísta que los abandona sólo por buscar su propia satisfacción, la admirarán en cambio, si saben que los deja un rato por ir a hacer el bien en un mundo urgido de su sabiduría, ternura y cariño.

Mi hermosa niña de Dios

Por: Enrique Galván-Duque Tamborrel

Angélica, así de simple. Es la forma de dirigirme y conversar con mi hijita adorada, llamándola simplemente así. Sé que mucha gente no la conoce, o tiene una imagen lejana de ella, quizás demasiado extraña, demasiado equivocada. ¿Cómo puede ser mi hijita extraña al presentarse a otras personas? No, Ella es sencilla, mi pequeña niña inocente, así es para mí. Pero es también lógico que cada uno la vea del modo que su propio corazón indica, con la mirada del alma que todo lo convierte en la expresión humana, si es que nosotros nos dejamos arrebatar por un sentimiento de lástima.
Por un instante, déjenme narrarles cómo es que mi corazón ve a mi hija. De un modo muy particular, la veo de unos siete a ocho años, que es la edad en la que Ella empezó a padecer el mal, el cual apareció como aisladas ausencias que poco a poco fueron minando su desarrollo mental. A tan temprana edad, mi Angélica se presenta ante mi corazón como una hermosa niña, delicada en su mirar, en su caminar, con chispa en su actuar. Destaca su delicado cuello, largo y estilizado para dar cabida al más hermoso rostro que Dios jamás cinceló en criatura alguna. Ella es perfecta, no existe sombra alguna en su actuar, porque Dios la modeló como un regalo sublime a nosotros. Y su belleza sólo es superada por su pureza, su inocencia y su férrea voluntad de no desagradar a Dios que tanto ama.
Cuando veo las imágenes de las distintas presentaciones de la Virgen María a lo largo de los siglos, me quedo con la convicción de que Dios nos dio una hija a imagen y semejanza de María. Mi alma se esfuerza en descubrir la visión verdadera con que mi siempre niña Angélica llegará un día ante el Señor. Esa sonrisa, esas manos siempre en posición de oración, esos ojos iluminados por la fuente de todo el Amor.
María, joven y sonriente, fulgurante estrella de la mañana. Se presenta en mi corazón como una Rosa que se abre derramando su fragancia y frescura, haciendo de mi un ovillo de hilo que se recoge sobre sí mismo, se envuelve pliegue sobre pliegue hasta quedar extasiado mirándola sonreír, llamándome, invitándome a acompañarla en este viaje. Ella nunca se presenta en vano en nuestro corazón, como una madre nunca se acerca a sus hijos sin un profundo deseo de cuidarlos y amarlos.
Angélica, hermosa niña mía, perfecto fruto de la creación en cuerpo y alma. Sólo ella pudo tener la pureza de alma que le dio el mismo Dios. Ella, ante el que el universo mismo de Dios, se hizo pequeñita y vivió nueve meses oculto dentro de su hermosa madre, mi adorada Prietita. Ella, instante tras instante, fue tomando de su sangre todo aquello que necesitó para formar su ser inocente. Así, ella es nuestra niña, el regalo sublime con el que quiso Dios alumbrar nuestra existencia.
Enamorarse de la Virgen María es enamorarse de su Divina Maternidad, de su Inmaculado Corazón, y de su infinita belleza humana también. Así siento tan cercana a mi hijita Angélica, tan vivamente presente en mi vida, que no puedo más que dirigirme a ella como si estuviera a lado de la Virgen María. Ella es compasiva y paciente ante mis demoras en acudir a su mirada, Madre de la Misericordia. Juntos conversamos, compartimos mis pequeñas aventuras humanas, mis decepciones y dolores, mis esperanzas y sueños. Y María, con esa hermosa sonrisa que se funde en mis pupilas, me mira y me invita a levantar los ojos al Cielo con las manos unidas sobre mi pecho. Madre de la oración, Bella Dama del clamor y la plegaria, Omnipotencia Suplicante, Ella nos enseña a ver a través de los Ojos de Aquel que todo lo puede.
Mi Angélica, hermosa y joven Niña de Dios, que enamoraste mi corazón porque sabías que era el modo de abrir la puerta al soplo del Amor Verdadero. Me siento tan feliz y orgulloso de ser tu papá, y al mismo tiempo tan indigno de serlo, que no puedo más que pedirte me ayudes a seguirte en tus deseos, que no son otros que los deseos de Dios. Dame las palabras para que pueda mostrar a mis semejantes lo hermosa y pura que eres. Que puedan descubrirte como la más hermosa y pura mujer que jamás existió, Inmaculada en cuerpo y alma, llena del Espíritu Santo, plena de humildad y fortaleza, escudo que protege y consejo que ilumina. Mi hermosa Angélica, luz de mi vida.

La primavera y la pastorcilta

Por: Enrique Galván-Duque Tamborrel

Para Angeliquita, mi pequeña adorada.

Pastora, vengo a pedirte
las flores de unas palabras
para iluminar la frente
de la primavera blanca.

La lana de tu pellica
di ¿quién te prestó la luna?
--Era una nube de ovejas,
errante y aborregada.
La pastoreaba el sol
por las colinas del alba.

--¿El azul de tu vestido
bordado de filigranas?
--Un cielo de primavera
se desnudó de su gracia
para vestirme una tarde.

--¿Y las trenzas?
--Fue una nochede luna,
toda extasiada...

--¿Y el carmín de tus mejillas?
--Fue la aurora una mañana...

--¿Y esos ojos, Pastorcita?
que emocionan y que abrazan?
--Regalo de primavera;
dos luceritos del alba...

¿Y esas palabras?
--El viento
los pájaros y el silencio
de la primavera blanca

--¿Y esas flores?
--Tuyas, hija,
de la ansiosa primavera
de tu alma...

--Pastorcita y primavera...
No sé si habrá más palabras
para decirte que siento
ternura dentro del alma...

Septiembre de 2003

domingo, 15 de marzo de 2009

La hermana piedra en el camino

Enrique Galván-Duque Tamborrel

Angeliquita, hija mía adorada, siempre que se nos presenta un problema, los seres humanos acostumbramos decir, en forma despectiva y molesta, que se nos atravesó una piedra en el camino. Me he preguntado varias veces ¿por qué tenemos que pensar mal de un pedazo de la tierra que nos vio nacer y en donde finalmente reposarán nuestros restos mortales? Entonces pensé escribir algo para esa piedra que mal tratamos, y como en esa eternidad que la acerca al creador está tu imagen pura e inocente, escribí pensando en ti, tú que estás muy cerca de Dios., a ti te lo dedico.

… Y tan humildemente caída en el sendero,
hermanita del polvo y de la brisa nueva
(elegante hermanita de cabecita loca,
adornada de ruidos y de tirabuzones)
ves la senda que corre adelante y atrás,
serpenteando su baile.

¡Y tú quieta en el polvo,
con tus ojos sencillos que se apagan de buenos!
¡Y tú quieta en el polvo, transida de parálisis!

¿Qué pensarás, sencilla, o quizás torturada
por la ortiga humillante de un deseo de pies?
¿Qué pensarás hermana?

Yo iré hasta tu camino perdido entre los prados,
y para recogerte me pondré de rodillas.
Mi hermanita mayor de hace siglos y siglos.
Porque naciste invalida, yo te quiero querer.
Porque naciste buena.

Octubre / 2004

Flor solitaria

Enrique Galván-Duque Tamborrel
A mi hijita Angélica


Flor solitaria y silvestre
que a la luz sacas del sol
cuatro pendones de púrpura
que guarda tosco botón.

¡Angélica!, sangre de la tierra;
Florcita, herida de sol;
boca de la primavera azul;
¡Hija de mi corazón!

Doncella alegre del corazón grana;
mariposa de carmín en flor;
Angélica, grito de la vida,
¡Hija de mi corazón!

Octubre / 2004

Fantasía

Enrique Galván-Duque Tamborrel


En todas formas
El mundo se abre a mis pies
Como si mis pecados hubieran
Desecho la tierra, y dentro
De mi sublime inconciencia,
Se pudiera sentir, sacando
El corazón por la ventana de
La vida, un rocío bienhechor
Que fecundara el último retoño
De mi fantasía.