miércoles, 26 de marzo de 2008

¿Qué somos y cuánto valemos?

Por: Antero Duks


¿No crees que sería bueno hacer un inventario de los bienes que has recibido para así vivir con mayor alegría y optimismo?

Por qué llorar mientras voy andando, si otros ríen y no tienen pies?

¿Por qué vivir pensando en el 10 % de las cosas que nos hacen sufrir, y no recordar el 90 % de las cosas que nos suceden bien?

En tu cuerpo hay 800 mil millones de células trabajando continuamente y obrando todas en tu favor y en perfecta armonía.

En tu cerebro tienes 13 mil millones de neuronas trabajando tan sabiamente a tu favor, que si las quisieras reemplazar por la máquina computadora más perfecta del mundo, esa máquina electrónica ocuparía el sitio de un edificio de setenta pisos de alto.

Tienes un corazón que es una maravilla de la naturaleza. Bombea hora tras hora, 36 millones de latidos al año, año tras año, despierto o dormido, impulsando la sangre a través de 100 mil kilómetros de venas y arterias, que llevan... Más de 2 millones de litros de sangre al año.

Tus pulmones son los mejores filtros del mundo. A través de 600 millones de alvéolos purifican el aire que reciben y libran a tu cuerpo de desperdicios dañinos.

En tus ojos, Dios ha depositado 100 millones de receptores que te permiten gozar de la magia de los colores, de la luz, de la simpatía de las personas y de la majestad de la naturaleza.

Eres una persona humana, y el ser humano es el único animal que puede hablar, para calmar al airado, animar al abatido, estimular al cobarde y decir... Te amo.

En tus oídos hay 24 mil millones de filamentos que vibran con el viento, con el reír de los niños, con la suave música de las orquestas, con el trepidar de las aguas espumantes y al escuchar las palabras amables de las personas que estimas.

Te puedes mover, no eres un árbol amarrado a una pequeña porción de tierra. Puedes pasear, correr, bailar y hacer deporte. Para ello tienes 500 músculos, 200 huesos y 7.000 nervios, sincronizados para obedecerte y llevarte a donde quieras.

Tu sangre es un formidable tesoro. Son apenas 4 litros pero allí hay 22 millones de células sanguíneas, y en cada célula hay muchas moléculas y en cada molécula hay un átomo que oscila más de 10 millones de veces por segundo.

Cada día mueren 2 millones de tus células y son reemplazadas por 2 millones más, en una resurrección que ha continuado desde el día que naciste.

En tu cerebro hay 4 millones de estructuras sensibles al dolor, 500 mil detectores táctiles, y 200 mil detectores de temperatura...

... Ahora pregúntate:

¿Crees que no vale la pena tu VIDA?

Lo triste es que dedicamos mucho tiempo pensando en lo que nos hace falta y casi nunca nos detenemos a recordar y agradecer lo muchísimo bueno que poseemos.

No solo con respecto a tu cuerpo, aplícalo también a los dones que posees, la familia que te ha tocado, las amistades de las cuales eres dichoso en poseer, las comodidades que disfrutas y hasta las oportunidades que se te han presentado. ¡No veas solo lo que te hace falta, agradece lo que ya tienes!

Has cuentas de tus bienes, y de tus alegrías también. No pierdas tiempo haciendo cuentas de tus males.

Colecciona pensamientos alegres y optimistas, y no se te olvide alejar de tu mente esos cuervos asquerosos llamados pensamientos pesimistas” y “recuerdos tristes”.

¿Y sabes por qué?...

¡¡¡ Porque vales M U C H Í S I M O!!!
¡MUCHÍSIMO! ¡MUCHÍSIMO! ¡MUCHÍSIMO!
¡MUCHÍSIMO! ¡MUCHÍSIMO! ¡MUCHÍSIMO!

Repítelo hasta el cansancio, y nunca dejes de repetirlo.

El héroe del día

Fuente: Yoinfluyo.Com
Autora: Mayra Hernandez Duque


En una cena de beneficencia para una escuela de niños con capacidades especiales, el padre de un estudiante pronunció un discurso que nunca será olvidado por las personas que lo escucharon.

Después de felicitar y exaltar a la escuela y a todos los que trabajan en ella, este padre hizo una pregunta. Cuando no hay agentes externos que interfieran con la naturaleza, ¿el orden natural de las cosas alcanza la perfección?

Pero mi hijo, Herbert, no puede aprender como otros niños lo hacen. No puede entender las cosas como otros niños. ¿Dónde está el orden natural de las cosas en mi hijo?

La audiencia quedó impactada por la pregunta. El padre del niño continuó diciendo: “Yo creo que cuando un niño como Herbert, física y mentalmente discapacitado, viene al mundo, una oportunidad de ver la naturaleza humana se presenta y se manifiesta en la forma en la que otras personas tratan a ese niño”.

Entonces contó que un día caminaba con su hijo cerca de un parque donde algunos niños jugaban baseball. Herbert le preguntó a su padre: “¿Crees que me dejen jugar?”. Su padre sabía que a la mayoría de los niños no les gustaría que alguien como él jugara en su equipo. Pero también entendió que si le permitían jugar, le darían un sentido de pertenencia muy necesario y la confianza de ser aceptado por otros, a pesar de sus habilidades especiales.

El padre de Herbert se acercó a uno de los niños que estaban jugando y le preguntó (sin esperar mucho) si su hijo podría jugar. El niño miró alrededor por alguien que lo aconsejara y le dijo: “Estamos perdiendo por seis carreras y el juego está en la octava entrada. Supongo que puede unirse a nuestro equipo y trataremos de ponerlo al bate en la novena”.

Herbert se desplazó con dificultad hasta la banca y con una amplia sonrisa, se puso la camisa del equipo mientras su padre lo contemplaba con lágrimas en los ojos por la emoción. Los otros niños vieron la felicidad del padre cuando su hijo era aceptado.

Al final de la octava entrada, el equipo de Herbert logró anotar algunas carreras, pero aún estaban detrás en el marcador por tres. Al inicio de la novena entrada, se puso un guante y jugó en el jardín derecho. Aunque ninguna pelota llegó, estaba obviamente extasiado sólo por estar en el juego y en el campo, sonriendo de oreja a oreja mientras su padre lo animaba desde las graderías.

Al final de la novena entrada, el equipo de Herbert anotó de nuevo. Ahora con dos outs y las bases llenas, la carrera para obtener el triunfo era una posibilidad, y él era el siguiente en batear. Con esta oportunidad, ¿lo dejarían batear y renunciar a la posibilidad de ganar el juego? Sorprendentemente, el pequeño estaba al bate.

Todos sabían que un solo hit era imposible porque Herbert no sabía ni cómo agarrar el bate correctamente, mucho menos pegarle a la bola. Sin embargo, mientras se paraba sobre la base, el pitcher, reconoció que el otro equipo estaba dispuesto a perder para permitirle a Herbert un gran momento en su vida. Se movió unos pasos al frente y tiró la bola muy suavemente para que pudiera, al menos, hacer contacto con ella.

El primer tiro llegó y Herbert abanicó torpemente y falló. El pitcher de nuevo se adelantó unos pasos para tirar la bola suavemente hacia el bateador. Cuando el tiro se realizó, Herbert abanicó y golpeó la bola suavemente justo enfrente del pitcher.

El juego podría haber terminado. El niño podría haber recogido la bola y haberla tirado a primera base. Herbert hubiera quedado fuera y habría sido el final del juego. Pero, en cambio, tiró la bola sobre la cabeza del niño en primera base, fuera del alcance del resto de sus compañeros de equipo.

Todos desde las graderías y los jugadores de ambos equipos empezaron a gritar: “Herbert corre a primera base, corre a primera”. Nunca en su vida había corrido esa distancia, pero logró llegar a primera base. Corrió justo sobre la línea, con los ojos muy abiertos y sobresaltado.

Todos gritaban: “¡Corre a segunda!”. Recobrando el aliento, Herbert con dificultad corrió hacia la segunda base. Para el momento en que llegó, el niño del jardín derecho tenía la bola... el niño más pequeño en el equipo y que sabía que tenía la oportunidad de ser el héroe del día.

Él podía haber tirado la bola a segunda base, pero entendió las intenciones del pitcher y lanzó la bola alto, sobre la cabeza del niño en tercera base. Herbert corrió a tercera base mientras que los corredores delante de él hicieron un círculo alrededor de la base.

Cuando Herbert llegó a tercera, los niños de ambos equipos, y los espectadores, estaban de pie gritando: “¡Corre a home!, corre”. Al llegar, se paró en la base y fue vitoreado como el héroe que bateó el grand slam y ganó el juego para su equipo. “Ese día –dijo el padre con lágrimas bajando por su rostro–, los niños de ambos equipos ayudaron dándole a este mundo un trozo de verdadero amor y humanismo”.

Herbert no sobrevivió otro verano. Murió ese invierno, sin olvidar nunca haber sido el héroe y haber hecho a su padre muy feliz, haber llegado a casa y ver a su madre llorando de felicidad y ¡abrazando a su héroe del día!

Una pequeña nota :

Nosotros tenemos miles de oportunidades cada día para ayudar a que se realice “el orden de las cosas”.

Tantas interacciones entre personas, aparentemente sin significado, nos presentan una elección: podemos transmitir una pequeña chispa de amor y humanismo o dejamos pasar esas oportunidades y permitir que el mundo se enfríe cada vez más.

Un hombre muy sabio dijo una vez que toda sociedad es juzgada por cómo trata a los menos afortunados entre ellos.

”La persona más rica no es la que más tiene, sino la que menos necesita”.

Al maestro con cariño

Fuente: Yoinfluyo.com
Autor: Octavio Ortiz de Montellano


Hace muchos años, siendo aún muchacho, acudí al sepelio de Miss Lolita, maestra, profesora y casi madre de más de veinte generaciones en la escuela que me vio crecer. Apenas si conocía a Miss Lolita, pero mi madre me envió al cementerio agregando esta recomendación: "Ella fue la maestra de tus hermanos. Ellos tienen una deuda con ella que no pueden ahora cumplir. Ve tú en su lugar". El entierro fue sencillo y solitario. Una veintena de personas; entre todos acompañaban el ataúd a su descanso. ¡Cuántos alumnos por sus aulas, cuán sola hoy estaba! ¡Cuánto dio y cuan poco recibió! Cosas de la vida y, a veces, ¡cosas de los hombres! Ella fue una de esas mujeres que, sin formar su propio hogar, fue cariñosa compañía y guía paciente de muchos niños y jóvenes necesitados de ayuda y dirección.

Hoy, por el mundo se ha desparramado un pequeño ejército de hombres que llevan impreso en el corazón y en el alma, sin quizá ellos saberlo, el amor y cariño de Miss Lolita. Porque el profesor tiene, en su palabra, el secreto de la vida: haciendo nacer la verdad en el pecho del alumno, ha encendido un fuego que incendia el mundo. El profesor tiene la llave de la existencia, pero él mismo se queda en la penumbra. Es como esas lámparas de los escenarios que, permaneciendo ellas mismas escondidas, derraman su luz dando a los personajes forma y color.

Ser profesor es mucho más que una tarea u oficio. Es la vocación que modela la fisonomía humana y espiritual de los educandos. Un profesor es un guía de alta montaña: indica, acompasa el paso, orienta la mirada, despierta la iniciativa, encauza la pasión. No se equivocaba Ward cuando afirmó: “El profesor mediocre, dice. El buen profesor, explica. El profesor superior, demuestra. El gran profesor, inspira”.

Inspirar es hacer nacer en el pecho del alumno un ideal, es poner en marcha su voluntad sin avasallar su libertad, es despertar en él la fuerza de la pasión bajo el dictado de la razón.

Recuerdo el caso de la expedición chilena que conquistó el Everest en 1992. En ella iba un hombre, guía alpinista de varias generaciones, había intentado en distintas ocasiones la ascensión de la gran montaña, pero sin éxito, contaba ya cerca de los 60 años. En la expedición iba también su alumno más aventajado quien era, además, el jefe del grupo. Las cosas de la vida determinaron que el maestro se quedara en el campamento base como apoyo, mientras el alumno conquistaba la cumbre. Desde abajo, por medio de la radio, con la voz entrecortada por la emoción, el maestro alentaba, aconsejaba, daba fuerza... inspiraba. Él, maestro de alpinismo, después de una vida de ascensiones, permanecía en el campamen­to base. Su alumno, heredero de mil lecciones, se encaramaba en el techo del mundo.

Ser profesor es, pues, mucho más que enseñar, es despertar el alma, es ser cooperador de la verdad, es hacer que el otro sea plenamente aquello que Dios ha querido de él, es darle los medios para que camine por los vericuetos de la vida. Es necesario que en nuestro México, en el que gracias a Dios hay miles de grandes profesores, se valore más y mejor esta profesión. El futuro de la sociedad y de la familia se gesta en las aulas escolares.

Pero no es fácil ser profesor. Supone dar tanta luz que se pierde el contorno de la propia estrella. El buen profesor nutre sus lecciones con el sacrificio personal, con largas horas pasadas en el rincón del hogar preparando clases, corrigiendo apuntes, actualizando estudios. Son muchas las satisfacciones naturales que se niega a sí mismo en el cumplimiento de su tarea, pero precisamente esto lo hace más fuerte y desintere­sado en su capacidad de acogida de sus alumnos. Él no sabe llamar la atención sin antes despertar en su propio corazón un gran respeto y aprecio por el alumno, "porque sólo el que ama tiene derecho a corregir". Sabe ser fuerte en el fondo de su exigencia, pero suave y amable en la forma. El verdadero profesor, artista del alma, es un personaje extraordinario de nuestra sociedad. Mucho se le debe y mucho debería él mismo valorar su propia tarea educadora.

No es poco el dominio y la infinita paciencia que se requiere de él. Un gran poeta, León Felipe, lo expresó de forma muy bella: "Voy con las riendas tensas y refrenando el vuelo. Porque no es lo que importa llegar solo, ni pronto, sino con todos y a tiempo”.

El aula de clase es un gimnasio de caridad y de entrega personal, como bien lo demostró Cantinflas en aquella obra genial El "Profe". Hay que saber callar, tragar muchas cosas, ahogar una palabra indiscreta y, sobre todo, saber esperar el momento oportuno para mover el alma hacia lo mejor. En cierto modo, hacerla resucitar. El profesor aprende de sus alumnos cuando los trata como personas y quiere encender en ellos la iniciativa personal. Se maravilla de sus logros, los aprecia, los ama, y se entusiasma con sus triunfos. Los triunfos del educando son la corona del educador. Y su mayor ilusión, ver que ellos caminan por la recta senda, y que incluso superan al maestro.

Un gran profesor y literato mexicano, Octavio Paz, hombre inquieto y pensador insigne; escritor, editor, amigo, fundador de instituciones y revistas, guía intelectual, compuso un verso en el lejano 1974: "Soy un hombre de breve duración, y es inmensa la noche. Pero miro hacia lo alto: las estrellas escriben. Sin entender, comprendo: soy también escritura y en este mismo instante alguien me deletrea".

Sí, el profesor y maestro "entiende y comprende", él también es escritura de alguien que le deletrea.

viernes, 21 de marzo de 2008

DIVAGANDO

Por: Emilio Galván-Duque Martínez
Invierno de 1918



El viento de la tarde,
Modula su sinfonía.
De los claustros de un convento,
Surge un toque, una elegía.....
Surge un toque, suave, lento....
Es el alma misteriosa del convento.....


Es la sangre del oriente. La floresta,
Ofrece coloraciones.
Y la fronda, como orquesta,
Divaga murmuraciones.......
Distiende pompa, su Vesta........
Es el alma, alegría incontenible, de una fiesta.


Yo el misterio....
Yo la rima de un salterio....
Yo el dolor, el cementerio.....
........y, ¿tú, niña?
- yo, la reina, de la fiesta......
la alegría de la floresta.

A TU OIDO

Por: Emilio Galván-Duque Martínez
Invierno de 1918

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Cómo menguar el ansia que siento de quererte,
Si para amarte, amada, mi corazón es fuerte,
Si tú, con una fresca pureza de leyenda,
Has ido colocando sonrisas en mi senda.
Si, cuando puse un pomo de frases en tu oído,
Tuviste el privilegio de haberme comprendido.

Cómo menguar el ansia que siento de quererte.

A veces la profunda tristeza de perderte
Me hace añorar el dulce fulgor de tus ojazos,
Que miran con la unciosa bondad de los abrazos,
Y siento la nostalgia de tu palabra queda
Que ha sido para mi alma como un plumón de seda.
Amada, me hace falta la idílica sonrisa,
Traviesa y juguetona, que entre tus labios glisa,
Con la alba transparencia de un hilo de agua pura
Que humedeciera el borde de una fresa madura.
Amada, me hace falta la espiritual esencia
Que puso sobre mi alma tu angélica presencia
Cuando iba deshojando mis versos a tu lado....!

OH mágico deleite, tan para mi desconocido,
De amar y ser amado.

Sentir el deliciosa rozar de un pensamiento
Que ha cabalgado al lomo fantástico del viento
Colmado del aroma lustral de tu cariño.
Pensar que tu palabra, más pura que el armiño
De un esquife alado que cruza la distancia
Dejando sobre todas las cosas su fragancia,
Tener a todas horas el corazón de hinojos
Ante la milagrosa belleza de tus ojos.
Hundir la frente mustia y ayuna de destellos
En la misericordia que ofrecen tus cabellos.
Mirar como se queda nuestro ferviente ruego
Temblando entre las ondas de su desasosiego.
Sentir, ante la euritmia del cuerpo adolescente,
El culto y el respeto sublimes de un creyente.
Tener, para el sendero sembrado de ilusiones,
Un palpitar constante de hermanos corazones
T un ramo de jazmines abiertos que lo alfombre.

A veces tengo ganas de pronunciar tu nombre.

¿Tu nombre?
Cuantas veces un fulgor del ocaso,
Cuando ibas por el parque, sonriente y paso a paso,
Con trazas sobre el suelo lo ha escrito mi paraguas
Al son del fatigado frufrú de tus enaguas ¡
Tu nombre transparente como el cristal de un vaso,
Es dulce a mis oídos y es suave como un raso ¡
El viento lo musita sobre las verdes palmas
Que son abanicos de las etéreas almas....
Y yo, con el respeto que inspiran los misales,
Sobre un augusto roble grabe tus iniciales.
Porque es el distintivo de todo amor ferviente
Ser puro, ser sincero, ser bueno y transparente,
Así como es del alba pureza de un cariño
Temblar ante el precioso secreto de un corpiño.

Amada, me maltrata tu extraña indiferencia.

Amada me maltrata....

Y es mi convalecencia
Sentir que van tus ojos poniendo sus fulgores
Sobre mi oscura senda; pensar que ya las flores
Que adornen sus recodos serán primaverales ¡
Sentir entre mis manos tus dos manos liliales
Con tus nerviosidades de un pajarillo preso,
Mientras se inunda el aire del resollar de un beso.

Que sean para mi alma como una buena hermana,
Amada, tiene muchos arcanos la mañana....

Cómo menguar el ansia que siento de quererte.

miércoles, 19 de marzo de 2008

San Buscón

Por: Enrique Galván-Duque Tamborrel


Dios los crea y ellos se juntan

Hace algunos años, si mal no me acuerdo fue en 1980, me metí a escombrar un cuarto en donde guardaba muchas cosas que fueron de mis amados y añorados padres. Era, en fin, el cuarto del recuerdo.

Escudriñando por aquí y por allá, mi vista se fijó en una caja que tenía pegada una etiqueta grande y llamativa. Me acerqué y leí lo que en ella estaba escrito, decía: CUIDEN CON INTERES Y CARIÑO LO QUE ESTA CAJA CONTIENE. Por el estilo de la letra detecté que fue escrito por mi padre.

Obviamente abrí la caja con mucho cuidado y fui sacando cosa por cosa con mucho cuidado. De repente algo me llamó mucho la atención. Era un libro finamente empastado, que tenía escrito con letras doradas: SAN BUSCÓN, Vida y obra.

Ni tardo ni perezoso tomé el libro y lo empecé a ojear, y como si fuera mandato divino, en forma automática me detuve en una página que decía: CAPITULO IV. INVESTIGACIONES EN LA INDIA. Empecé a leer, recuerdo que las letras eran pequeñas, pero claro que en esa época “qué me duraban”, ahora, si no son grandes, ni de relajo las puedo leer, no cabe duda que todo por servir se acaba, mis ojos me sirvieron mucho pero ya se están apagando.

Bueno, volviendo a San Buscón y sus investigaciones en la India, relata que encontró en una cueva unos pergaminos, allá en el lejano Siglo III. En uno de esos pergaminos encontró la crónica de una asamblea que se efectuó en los alborees del recién formado mundo.

Cuenta que una vez se reunieron en la Tierra, de reciente creación, todos los sentimientos y cualidades –buenos y malos-- de los humanos…. En dicha asamblea estaban presentes y pasaron lista de de asistencia: El Aburrimiento, La Locura, La Curiosidad, El Entusiasmo, La Euforia, La Duda, La Apatía, La Verdad, La Mentira, El Optimismo, El Pesimismo, La Soberbia, La Pereza, La Fe, La Belleza, La Envidia, El Egoísmo, La Timidez, La Cobardía, La Valentía, La Generosidad, La Libertad, La Pereza. La Voluptuosidad, La Pasión, El Deseo, El Olvido, El Amor, La Ignorancia, El Triunfo, El Talento, La Intriga y La Angustia,

«Cuando El Aburrimiento ya había bostezado por tercera vez, La Locura, como siempre tan loca, les propuso:-- “¡Vamos a jugar a las escondidas!”. Ante tan efusiva invitación, La Intriga levantó la ceja intrigada y La Curiosidad, sin poder contenerse, preguntó:

-- “¿A las escondidillas? ¿Y como se juega eso?”

-- “Es un juego –explicó La Locura-- en el que yo me tapo la cara y los ojos para no ver y comienzo a contar desde uno hasta mil, mientras ustedes se esconden; y cuando haya terminado de contar los buscaré y al primero que encuentre ocupará mi lugar para continuar con el juego una vez que haya hallado a todos.

Ante esa apasionante forma de explicar de La Locura, El Entusiasmo bailó acompañado de La Euforia. La Alegría se puso a brincar y de tantos saltos terminó por convencer a La Duda para que jugara con ellos, incluso a La Apatía le llamó la atención, aunque nunca le interesaba nada.

Pero no todos quisieron participar en el juego. La Verdad prefirió no esconderse. ¿Para que? Si al final siempre la hallaban. La Soberbia opinó que era un juego muy tonto y molesto (aunque en el fondo, lo que realmente le molestaba era que la idea no hubiese sido de ella). La Cobardía prefirió no arriesgarse…, y El Pesimismo exclamó: “¡Ay, que complicad!, yo mejor no juego porque de seguro a mi me encuentran primero y pierdo”.

“Uno, dos, tres…” –comenzó a contar La Locura--. La primera en esconderse fue La Pereza que, como siempre, se dejó caer tras la primera piedra que encontró en el camino. La Fe subió al cielo, y La Envidia se escondió tras la sombra de El Triunfo, que con su propio esfuerzo había logrado subir a la copa del árbol más alto. La Generosidad, por su parte, casi no lograba esconderse, y es que cada sitio que hallaba le parecía maravilloso para alguno de sus amigos, antes que para ella. Pensaba: “¿Qué tal si me escondo en un lago cristalino?, mm…, no, no, eso es ideal para La Belleza; ¿Qué tal detrás de un gran árbol?, mm…, tampoco, ahí es ideal para La Timidez; ¿Y en el vuelo de una mariposa?, no, es lo mejor para La Voluptuosidad; ¡ya sé!, me esconderé en la ráfaga del viento…,…mm…, no, ahí es ideal para La Libertad”. Asó buscó y buscó, hasta que finalmente se escondió en un rayito del Sol. El Egoísmo, en cambio, desde el principio encontró un sitio muy bueno, un lugar ventilado, cómodo…, pero exclusivamente para él. La Mentira se escondió en el fondo del Océano –mentira, en realidad se escondió detrás del arco iris), y La Pasión y El Deseo, en el centro de los volcanes. El Olvido…, ¡caramba se me olvidó en dónde se escondió!, bueno, pero eso no es importante.

Cuando La Locura contaba: “…998, 999…”, El Amor aún no encontraba sitio donde esconderse, pues ¡todo se encontraba ocupado!... …hasta que divisó un bello rosal y, enternecido, mientras jugaba, decidió esconderse entre sus flores.

“… ¡Mil…!” –contó La Locura y comenzó a buscar.

La primera en aparecer fue La Pereza, estaba tan sólo a tres pasos, junto a una piedra. Después encontró a La Fe, es que la escuchó dialogando con Dios acerca de “mover montañas”. A La Pasión y El Deseo los halló al sentir sus vibraciones cerca de los volcanes. En un descuido encontró a La Envidia y, claro, pudo deducir dónde estaba El Triunfo. Al Egoísmo no tuvo ni que buscarlo, pues él solito salió disparado de su escondite que había resultado ser un nido de avispas. La Locura, luego de tanto caminar, sintió sed y acercándose al lago para beber, descubrió a La Bellaza. Y con La Duda resultó más fácil todavía, pues la encontró sentada sobre un duro tronco, sin decidir aún de que lado ocultarse. Muy cerca de la Duda encontró a la ignorancia, que nunca supo dónde esconderse.

Así fue encontrando a todos. A El Talento entre la hierba seca, a La Angustia en una oscura cueva, a La Mentira detrás del arco iris… --mentira, si estaba en el fondo del Océano--, y hasta a El Olvido, que ya se le había olvidado de qué se trataba el juego, y seguí sin acordarse. Pero sólo El Amor no aparecía por ningún lado. La Locura lo buscó detrás de cada árbol, en cada arroyuelo del planeta, en la cima de las montañas, incluso ante su desesperación, hizo trampa y le preguntó a La Ignorancia si lo había visto. “Yo sólo sé que no se nada” –le respondió-- y cuando estaba a punto de darse por vencida en su búsqueda, La Locura divisó un pequeño rosal tupido de flores y observó que se movían estas. Entonces tomó los tallos de varias rosas y comenzó a mover fuertemente el rosal con sus ramas… …de pronto, un doloroso grito se escuchó. Las espinas del rosal habían herido los ojos a El Amor, La Locura, impresionada ante tal accidente, no sabía que hacer para disculparse; lloró, rogó, imploró, suplicó perdón y ¡hasta prometió ser su fiel acompañante por toda la eternidad!

Desde entonces, desde que por primera vez se jugó a las escondidillas en la Tierra, El Amor es ciego y La Locura lo acompaña.


No tengo tiempo

Por: Enrique Galván-Duque Tamborrel


En el transcurso de la vida, sobre todo si esta ya se alargó mucho, no creo que haya ser humano que no haya conocido a alguien que nunca tiene tiempo para nada. Desde luego que siempre hay excusas, no falta argumento, pero el caso es que nunca tienen tiempo.

Mi amigo Juan era uno de esos, parecía trompo chillador. Un día un sacerdote amigo de él, lo invitó a que asistiera a una platicas que se llevarían a cabo dos días a la semana de las 19 a las 20 horas, aceptó en primera instancia, pero finalmente no asistió ¡porque no tuvo tiempo!

Finalmente, a insistencia de su esposa, la acompañó a la iglesia y se hincó a rezar. ¡Ah! pero no por mucho tiempo, tenía muchas cosas que hacer. Expresó: -- “esto no es para mi, no puedo perder el tiempo, me tengo que apurar, pues hay muchas cosas que terminar”; y mientras decía una oración apurada, salió corriendo diciendo: -- “mi alma puede estar tranquila pues el último domingo fui a misa”.

Durante el día no tuvo tiempo de decir una palabra de alegría, no tuvo tiempo de hablar de Cristo con un amigo, por temor a que se riera de él.

Demasiadas cosas que hacer, esa era su expresión constante: “no tengo tiempo… No tengo tiempo. No tengo tiempo para formarme, no tengo tiempo para darme a los demás, y sin darme cuenta se me acabó el tiempo”.

Pero a Juan, que no tenía tiempo para nada, ni para comer, lo invadió una anemia perniciosa que acabó por llevárselo a la tumba. Y, ni modo, para morir si tuvo tiempo. Llegó ante el Señor, quien estaba de pie y en su mano tenía un libro, el Libro de la Vida… Miró a Juan con un dejo de tristeza y le dijo: “No puedo encontrar tu nombre, alguna vez lo iba a anotar, pero nunca tuve tiempo”.