jueves, 27 de diciembre de 2007

¿Venceremos o vencimos?

Por: Enrique Galván-Duque Tamborrel


Hay cristianos que viven de modo heroico. En medio de un ambiente hostil, con una extraña sensación de ser distintos, casi como fósiles de un pasado moribundo, mantienen una fe ardiente y vigorosa. A pesar de críticas, incomprensiones, abandonos, traiciones.

En muchas ocasiones surge en nosotros este sentimiento: el mundo no nos acoge, el mundo nos odia. El mundo quisiera que dejásemos de ser sal, que empezásemos a asimilar el modo de pensar de quienes dirigen el pensamiento global o de quienes sólo creen en el “valor” de la epidermis y de las cuentas bancarias.

En los momentos difíciles hay que aferrarse a la esperanza: la victoria llegará. Cristo nos invita a no tener miedo, y no podemos dejar que triunfe la desesperanza.

Pero la lucha se hace larga, la soledad parece abrumadora, y llega el cansancio. Nuevamente, miramos al futuro, como quien desea tiempos mejores, como quien busca una ruptura entre las nubes para suspirar por un sol que parece descansar por más tiempo del debido.

Los profetas de desventuras ven el horizonte negro, desean degollar esperanzas. Nos repiten que los jóvenes ya no creen, que las familias se rompen cada vez en menos tiempo, que no nacen hijos, que la buena fe ya no existe. Vemos cómo son criticados y martirizados lentamente, en la vida pública y en algunos medios de comunicación, quienes aún se atreven a dar testimonio de su fe. Nos duele el observar que presumen de ser felices quienes actúan abiertamente contra el bien común, como si el negar a Cristo, el renunciar a Dios, liberase y diese paz y progreso.

En el siglo pasado hemos vivido revoluciones cuyo programa común fue no esperar nada de Dios, sino tomar totalmente en las propias manos la causa del mundo para transformar sus condiciones. Y hemos visto que, de este modo, un punto de vista humano y parcial se tomó como criterio absoluto de orientación. La absolutización de lo que no es absoluto, sino relativo, se llama totalitarismo.

Ante este panorama, no debe temerse al afirmar la certeza de la victoria verdadera, la que viene de Dios y no de las intrigas humanas: “No son las ideologías las que salvan el mundo, sino sólo dirigir la mirada al Dios viviente, que es nuestro creador, el garante de nuestra libertad, el garante de lo que es realmente bueno y auténtico. La revolución verdadera consiste únicamente en mirar a Dios, que es la medida de lo que es justo y, al mismo tiempo, es el amor eterno. Y, ¿qué puede salvarnos, si no es el amor?”

Ante las olas del ateísmo y del indiferentismo, ante las ideologías del poder o del placer, hemos de tomar la mano de Cristo. Más aún, hemos de recordar que la victoria no está por llegar, sino que ya ha llegado: fue el día de la Pascua. ¡Cristo está vivo! La certeza cambia los horizontes, llena el corazón de energía, da paz ante la hora de la prueba. Una certeza que enciende sonrisas en los mártires de los mil patíbulos del planeta, que llena de estupor a los amigos del “progreso” y de la vida fácil.

Aunque la noche del mal cante victorias aparentes. Aunque los enemigos de la Luz celebren la llegada de tinieblas mal llamadas “modernidad” y “liberación”. Aunque los reflectores apunten a estrellas fugaces que nada saben del valor de la humildad, de la pureza, de la misericordia.

Ya hemos vencido con Cristo. Aquí radica nuestra fe y nuestra certeza. Aquí encontramos la fuente de nuestra alegría y de nuestra intrepidez. Aquí nace la energía que nos permite testimoniar que el Amor es la última palabra de la historia, la salvación más profunda que todos deseamos. “Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene, y hemos creído en él”.

Una llama que no muere

La antorcha latina arde más que nunca en el pebetero de los Dodgers

Por: Enrique Galván-Duque Tamborrel

La contratación de Jackie Robinson no sólo puso un alto a la oprobiosa carrera racial que aún persiste en Estados Unidos, aunque menos vertiginosa. Ahora va al trote, pero ahí va.
Walter O’Malley se ganó un monumental aplauso y provocó un eco gigantesco de admiración en América Latina cuando Robinson puso su firma en aquel acuerdo histórico un 15 de abril de 1947.

Comenzaba una nueva era en el béisbol, con los Dodgers como vanguardia. Robinson irrumpió cuan grande fue en las Grandes Ligas. Fue la semilla que germinó e hizo brotar en América Latina un fanatismo casi religioso por los Dodgers, sobre todo en el seno de las familias menos favorecidas de la región.

Era la era en que casi todo mundo era dodger en las tierras hispanas beisboleras. Era la era cuando la Serie Mundial entre Dodgers y Yanquis paralizaban parcialmente la vida cotidiana de los países donde se suda y se vive el beisbol.

En ese tumulto que provocaba serios altercados entre dodgeristas y yanquistas se apareció aquella espectacular atrapada de Edmundo Amorós que preservó el triunfo 2-0 de la querida novena de Brooklyn en el clásico otoñal de 1955.

Aquel pequeño y talentoso guardabosque suplente cubano se encargó de prender la llama en la antorcha latina de los Dodgers que hoy, a 50 años de esa gesta, arde más que nunca en el pebetero del Dodger Stadium.

En esta temporada cuyo final está por venir, los Dodgers tienen en su seno a 16 representantes de Latinoamérica: seis dominicanos, cuatro venezolanos, tres puertorriqueños, dos mexicanos y un panameño.

Todos, sin excepción, han colocado su grano de arena para llenar los sacos que tratan de detener las embestidas de unas aguas turbulentas provocadas por las constantes lesiones.

La flama azteca

Óscar Robles y Elmer Dessens, han seguido en forma decorosa la huella imborrable de Fernando Valenzuela como representantes de México.

“Es importante contar con tantos compañeros latinos. Eso te da mucho más confianza. La verdad es que nos sentimos orgullosos de poner en alto en nombre de los países de uno, en mi caso, México”, comentó Robles, minutos después de haber impulsado cuatro carreras por primera vez en las Mayores.

Con su bate y guante, el infielder tijuanense ha sido una grata sorpresa para los Dodgers que lo llamaron urgentemente de los Diablos Rojos de México, desesperados por las fisuras, producto de las lesiones.

Robles ha exhibido su talento defensivo con jugadas que para él son lo más natural… para otros son algo asombroso.

“Desde que llegué aquí me he preparado bien. Quería abrir muchos ojos, tenía hambre de jugar en las Ligas Mayores y no puedo perder esta oportunidad”, agregó.

Por su parte, Dessens, ya veterano pitcher derecho, oriundo de Hermosillo, deja escapar su orgullo cuando se le informa el nutrido grupo de latinos en el equipo.

“La verdad que no me había percatado de eso. Pero sí, es bueno, porque estamos demostrando que en México se juega un buen beisbol y que podemos contribuir mucho”, señaló.

Merengue a granel

Nunca antes se habían juntado tantos dominicanos en una sola temporada. Jamás se había escuchado tanto merengue en los altoparlantes del parque Chávez Ravine.

Uno de ellos, el zurdo Odalis Pérez, estandarte de consistencia, ahora diezmado por malestares en el brazo y el hombro, conocido por su franqueza sin adornos opina que:

“Es muy bonito jugar donde hay bastante latinos. Uno como veterano tiene la oportunidad de ayudar a los muchachos que no hablan inglés. Ojalá que en el futuro seamos más y que podamos seguir hablando en nuestro idioma”.

Allá en su vestidor de siempre, situado a la entrada del club-house, Manuel Mota, el cacique no sólo de Quisqueya, símbolo y bandera de tantas dispersas y vehementes esperanzas de los latinos de los Dodgers no pierde la ocasión para sacar a relucir satisfacción.

“Es un orgullo y un gran privilegio. Es un reconocimiento al talento latinoamericano en las Ligas Mayores. Para mí es grato trabajar con ellos, orientarlos, aconsejarlos, el poder compartir con ellos es motivo de satisfacción”, dijo el veteranísimo instructor de bateo, por mucho tiempo líder de imparables entre los bateadores emergentes y comentarista-entrevistador de la cadena radial hispana de los Dodgers.

“Siempre les hablo del trabajo, de la constancia para mantenerse saludable... De conducirse bien en un país extraño”, agregó Mota, el hombre que se las ha ingeniado para llenar de juventud toda su vida. Uno de un puñado de peloteros que han sabido madurar su juventud sin marchitarla.


Venezuela presente

Con la enorme influencia bolivariana en las Grandes Ligas no es extraño que cuatro venezolanos formen parte de los Dodgers en esta temporada, Giovanni Carrara, uno de sus dignos representantes, da su punto de vista.

“Parece que estuviéramos en la liga de invierno con los mismos compañeros. Claro que es bueno. Hay mucha oportunidad de hablar en su idioma. Uno siempre tiene con quien hablar y vacilar. Eso ayuda bastante en todo sentido”, dice el relevista derecho nacido en El Tigre, una población cercana a Barquisimeto, entrañable amigo y consejero de su coterráneo, el paracorto César Izturis.

“Es como mi hermanito menor”, confía Carrara.

A tres tramos del vestidor de Carrara estaba Dioner Navarro, ese receptor novatito de quien los Dodgers esperan mucho.

“Es agradable jugar con peloteros del mismo país de uno. Poder comunicarnos en nuestro idioma es algo importante y ayuda muchísimo. Hay mucha química entre nosotros los latinos y eso influye mucho en el ánimo de todos”, subraya Navarro, un jovencito de 21 años que se ha ganado la titularidad detrás del plato en las últimas semanas.


Bomba, plena, salsa

José Valentín, Ricky Ledee y José “Cheíto” Cruz, tres embajadores distinguidos de Borinquen, donde tres ritmos: la bomba, la plena y la salsa, bañan por todos los costados la Isla del Encanto, también engalanan el roster latino de los Dodgers.

Este trío de boricuas, con sus bates y guantes, que parecen llevar el compás del ritmo regional boricua, han hecho menos pesada la cruz que carga el mánager Jim Tracy en este desventurado 2005.

“Donde hay tanto latino hay más facilidad de desenvolverse, más confianza. Pero también tiene sus pro y contras”, manifiesta Valentín, uno de los peloteros que ha sido más castigado por las lesiones que tienen al equipo al borde del caos.


¿Sus pro y sus contras?

El veterano tercera base puertorriqueño aclara:

“Es que a la hora de las bromas en español, uno debe ser conservador. Algunos muchachos no creen que varios americanos entienden el idioma y se destapan, a veces en el juego y en el dugout”.

“Pero independientemente de todo eso, para mí ha sido un gran placer jugar ante tantos compañeros latinos. Gracias a Dios, mexicanos, dominicanos, venezolanos, de donde vengan, nos entendemos bien. El idioma nos une en las buenas y en las malas”.

“Ha sido un año muy largo para mí, esa lesión de tres meses me afectó mucho. Pero con los muchachos aquí uno se relaja. Tenemos tiempo para compartir allá afuera. Salimos a comer juntos sin importar la nacionalidad [latina por supuesto]”.

Con 12 años de deambular por las Mayores, Valentín subraya que esa experiencia adquirida en esa docena de temporadas las comparte con los novatos latinoamericanos.

“Cuando uno llega a cierta edad y madurez en este negocio, tiene la oportunidad de ayudar a los peloteros jóvenes. Yo lo hago con muchísima satisfacción, sin tratar de ser un líder. Así lo hicieron conmigo”.

“Cuando las cosas andan mal, el idioma te da la confianza para despertar a los novatitos y encausarlos por el mejor de los caminos. A veces los muchachos necesitan una palmadita en la espalda para motivarlo y si es en el mismo idioma, eso les ayuda muchísimo más”,
“La temporada no ha sido como yo la esperaba con los Dodgers, las lesiones me han impedido contribuir, pero en verdad he gozado a plenitud con mis compañeros latinos”, puntualizó Valentín.


La eterna embestida

Los Dodgers establecieron un nueva marca de asistencia (165.770,718 fanáticos), un hecho de tal magnitud que ya fue reconocido y forma parte del libro mundial de récords Guinness.

Nadie duda que sin el aporte de aquel “Toro” que impactó en el beisbol a comienzos de los 80, la organización blanquiazul no disfrutaría de ese privilegio.

Valenzuela y su “Fernandomanía” acarreó a multitudes al Dodger Stadium. Aquellas embestidas del sorprendente astado de Etchohuaquila quedaron impregnadas de sangre, pero puramente beisbolera… y para siempre.

El famoso zurdo sonorense reacio a los honores personales, y esquivo a los halagos del poder recuerda con la sencillez que le caracteriza aquellas grandes jornadas.

“Creo que mi participación ayudó algo. Hubo mucho apoyo de la gente de Los Ángeles”, recuerda Valenzuela, ahora flamante comentarista de la cadena radial latina de los Dodgers, que encabeza el laureado Jaime Jarrín y el mexicano Pepe Yñiguez, orgullo de El Roble, una población aledaña a Mazatlán, Sinaloa.

Entre las innumerables hazañas de Fernando resalta un juego sin hit ni carrera ante los Cardenales de San Luis. Fue un de 29 de junio de 1990, cuando los latinos entre los Dodgers se podían contar con los dedos de una mano.

“Habían pocos en aquel entonces. Bueno… sí llegaron, pero en temporadas diferentes. Tengo muy presente a Alfredo Griffin, Juan Samuel, Pedro Guerrero, a Alejandro Treviño. Ah... y a Pepe Frías, en los primeros años”, rememora.

Precisamente en la culminación de su obra maestra de hace 15 años, varias figuras latinas estuvieron involucradas, Fernando las vive como si ocurrieron ayer.

“Fue una bonita coincidencia. Griffin, Samuel y yo en el medio. Es un bonito recuerdo. Por mera casualidad Guerrero fue el último out y yo desvié su rola hacia Samuel. Allí acabó todo y conseguí el no hitter”, dice Valenzuela con la mirada perdida en las tribunas vacías, una mirada que delata una satisfacción, que siempre trata de esconder.


Navegar por el ciber-espacio

Por: Enrique Galván-Duque Tamborrel


Nos encontramos, aunque no seamos muy conscientes, ante un cambio de era, en una verdadera revolución de consecuencias insospechadas. Marcada por la telemática, la robótica y las autopistas de la comunicación, la era de la cibercultura es tan radical como lo fuera aquella del Neolítico, y las otras más recientes, la del siglo XVIII –revolución del carbón y del acero-- y la del XIX, la de la energía eléctrica. Vivimos ante un convulso cambio de esquemas, todavía no sabemos si de consecuencias favorables o perjudiciales. Cambiarán –están cambiando desde hace 25 años-- las relaciones sociales, los modelos de producción, la distribución económica, el concepto del trabajo y del ocio, las costumbres, las actitudes, los valores, las creencias... Por eso es más que una crisis: estamos ante un cambio de era.

Las modificaciones afectan a dos ámbitos fundamentales y sólidamente interrelacionados: por un lado, el proceso tecnológico; por otro, un nuevo modo de pensar y de enfrentarse a la vida que se ha dado en llamar, resumiendo en una palabra muchos conceptos, la postmodernidad.

La revolución tecnológica, al introducir nuevos elementos en el sistema comunicativo, está cambiando el número y la naturaleza de los soportes técnicos y, por consiguiente, los hábitos de consumo y el modo de vida de los ciudadanos. Los medios de información se han convertido en medios para el ocio, y la influencia de la televisión, el cine o los videojuegos es indudablemente más persistente –quizá incluso más eficaz-- que los tradicionales agentes de formación: la familia, la escuela y la Iglesia. Por eso nos parece que el mundo –y quizá nosotros mismos-- estamos patas arriba. Aunque intuimos que mañana habrá nuevas sorpresas, no sabemos cuáles serán, y el ritmo de los cambios no sólo produce vértigo sino que nos conduce hacia un punto desconocido. Corremos muy deprisa pero no sabemos hacia dónde.

Materialismo, permisivismo y consumismo

Por lo que se refiere a la postmodernidad, aunque sea un concepto no sólo amplio sino muy difuso, sí sabemos cómo se caracteriza. Las sociedades occidentales pivotan en la actualidad y sin excepciones sobre tres principios: materialismo, permisivismo y consumismo.

El materialismo se manifiesta en la negación –quizá no explícita, pero sí de facto– de la espiritualidad y la trascendencia. No hay Dios, y si lo hubiera no hay modo de conocerlo. La principal consecuencia de este materialismo –envuelto, eso sí, en el atractivo celofán de la tolerancia es que, como apuntara Dovstoievski, si Dios no existe resulta que, al fin y al cabo, todo puede estar permitido. Y cuando digo todo, es todo: incluso matar a una vieja a hachazos. Crimen y castigo es muy revelador en este sentido. No hay modo de sustentar norma moral alguna si Dios no existe, porque las relaciones humanas acaban desembocando, en última instancia, simplemente en la ley del más fuerte: homo homini lupus. Los regímenes totalitarios saben mucho de este materialismo: unas veces lo proclaman sin ambages y otras se empeñan en adornarlo con agua bendita.

Por su parte, el permisivismo es la consecuencia lógica de un liberalismo exacerbado: no hay fines, sólo importan los medios. Gato negro o gato blanco ¿Qué más da? Lo importante es que cace ratones, dijo un presidente de Gobierno español. El hombre debe hacer actos libres, sólo así se realiza; cuantos más mejor, da igual que sean contradictorios entre sí. Lógico resulta entonces que la responsabilidad se acabe percibiendo como un obstáculo que entorpece las decisiones: pongamos, por tanto, fin a las trabas, guerra a los límites: prohibido prohibir.

El consumismo, en tercer lugar, es el afán del hombre postmoderno. Vivir es consumir, si se consume más se logra más felicidad. Nadie en su sano juicio sostendría esta afirmación pero es difícil en la práctica no dejarse enredar por el torbellino del consumo. En última instancia, el consumismo es la sombra del hedonismo: hay que buscar el placer como sea. Al sistema capitalista le viene de maravilla recordarnos permanentemente que el placer está en tener cosas. Otra posibilidad de consumo es la de tratar a las personas como si fueran objetos; en esos casos el precio que se paga acaba siendo una repugnante obscenidad de la que nuestras televisiones ofrecen ejemplos a diario.

Nada importa, nada dura, nada vale la pena, nada llena

No obstante, la experiencia personal y social demuestra testarudamente que materialismo, permisivismo y consumismo no son navíos seguros para conducir al ser humano hasta el puerto de la felicidad. La consecuencia lógica es la frustración personal, el individualismo salvaje y el nihilismo filosófico. Nada importa, nada dura, nada vale la pena, nada llena. La vida es una náusea, el infierno son los otros, como diría el pobre de Sartre.

Todo lo anterior está obviamente relacionado con la evolución geopolítica de las sociedades occidentales. El fin del bloque soviético ha tenido muchas consecuencias. Una de ellas es que Estados Unidos se ha quedado solo como único e indiscutible potencia mundial. Las doctrinas neoliberales defendidas por Margaret Thatcher y Ronald Reagan en los ochenta han acabado desembocando en un capitalismo salvaje, en un individualismo atroz y en un consumismo desproporcionado. Los sistemas capitalistas –con Estados Unidos a la cabeza-- son cada año más ricos, mientras que los pueblos del Tercer Mundo –4000 millones de personas-- no cesan de reducir su renta hasta situaciones de degradación indescriptible. El gran drama de nuestro tiempo es que ni la tecnología ni la postmodernidad, por más que se elogien, logran disminuir la injusticia social. Es más, la renta está peor repartida que hace tres décadas pues más bienes están en menos manos, más gente vive en condiciones infrahumanas.

El concepto ilustrado y liberal de progreso salta hecho añicos ante esta realidad incuestionable. La única ley económica –como la única ley social-- es la que logra imponer el más fuerte. No importa la sociedad ni el bien común: sólo tiene importancia el individuo. Los tribunales internacionales no están hechos para mí si yo soy el más fuerte. No importa la ONU. Se ha quebrado la supranacionalidad porque un Estado, uno sólo, es el grandullón del colegio y toca jugar a lo que disponga.

Dispone, por ejemplo, que el mayor problema del mundo es la falta de seguridad. Ríos de tinta corren sobre la amenaza terrorista y todo se justifica, a la postre, si se trata de lograr un mundo más seguro. No obstante, éste es un presupuesto falso: el mayor problema del mundo no es la falta de seguridad sino la falta de justicia. Pero parece obvio que no interesa recordarlo: nos obligaría a cambiar demasiado, especialmente a los que vivimos en el mundo rico.
Estrategias de sustitución para sobrevivir al nihilismo

En la vida cotidiana, el nihilismo tiene mala prensa. Nadie quiere reconocer que no cree en nada, que su vida no sirve para nada y que no tiene el menor viso de que sirva para algo: nadie reconoce que su existencia no tiene futuro. Es demasiado duro. Sabemos que Suecia o Japón tienen altísimos índices de suicidio pero preferimos no saber por qué. Sabemos que en el país de la libertad hay más armas que hogares, pero es mejor no preguntarse las razones. No se puede ser nihilista, es preciso aparentar que esto funciona y funciona bien. ¿Cómo lo logramos? Justamente así, mediante la apariencia, a través de estrategias de sustitución.

Veamos cuáles. Negamos la existencia de Dios pero proclamamos la tolerancia religiosa; apariencia de tolerancia. Renunciamos a la responsabilidad pero aparentamos vivir en una época de muchísima libertad; apariencia de libertad. La justicia brilla por su ausencia, así que la sustituimos por una apariencia de solidaridad, aunque no deje satisfecho a nadie ni resuelva gran cosa. La tolerancia, la libertad y la solidaridad se reducen a meras apariencias, porque en el fondo, el nihilismo, como no podía ser de otro modo, difumina la frontera entre el bien y el mal: se pierde el sentido de lo que es bueno y lo que es malo. Basta un solo ejemplo: hace unos días un diputado decía en televisión que "las prostitutas tienen un trabajo muy digno que me merece mucho respeto". Nadie le contradijo. Es evidente que las prostitutas merecen respeto, como seres humanos que son, pero la prostitución es una indignidad humana se mire por donde se mire.

Pero lamentablemente, nos vamos acostumbrando a que el bien y el mal sean una cuestión de opiniones que ha de quedar reducida al ámbito de la propia conciencia. ¿Denunciar al vecino porque oigo como pega a la mujer todas las noches? No, mejor no meterse en líos. Es cosa suya. ¿Enseñar a los niños religión en el colegio? No parece progresista; que lo hagan los padres, ellos sabrán, y que lo hagan en la intimidad, nunca en el ámbito público.

Desde esta posición, el bien y el mal no pueden existir más que en la conciencia de cada cual y cuando afectan al ámbito social, entonces son relativos, cambiantes. Las leyes hoy son unas, mañanas pueden ser otras: hoy la frontera del crimen está en las 16 semanas de embarazo; mañana puede cambiar y ser 8 semanas, o 4 horas. Todo es relativo. Antes no era delito abandonar a un perro a su suerte. Hoy sí, hoy está penado. Aunque si se pone uno a pensar no acaba de ver claro por qué entonces se pueden clavar alfileres en las mariposas con lo hermosas que son cuando revolotean. ¡Qué culpa tendrán las mariposas de no haber nacido perros! Por cierto, con la ley en la mano uno puede abandonar a su padre en una silla de ruedas en mitad de una gasolinera y no pasa nada, pero como abandone al perro... Es todo tan relativo que a veces resulta surrealista. Ayer no había bodas de homosexuales; hoy sí, porque esto de la condición sexual es algo muy de uno. ¿Y quién puede impedir que yo forme matrimonio con quien quiera con tal de que nos amemos? Es verdad... ¿Y si mi hija y yo nos amamos y decidimos casarnos? ¿No ha hecho, acaso, algo parecido Woody Allen? ¿Y si amo a tres de mis hijas y aceptan ser mis esposas? El relativismo moral conduce al relativismo legal y éste acaba siempre resbalando por un precipicio no sólo surrealista sino inacabable.

Eso sí, como al final hay que dejar claro lo que es bueno y lo que es malo, alguien con poder acaba determinando las cosas. En las sociedades democráticas se suele hacer apelando a la mayoría, a lo que se ha dado en llamar la demanda social. Y si no la hay, el marketing la crea de un plumazo. ¿Era una demanda social en España que los homosexuales pudieran adoptar niños? Es evidente que no. Tampoco en Estados Unidos ninguna demanda social pidió la invasión de Irak, hasta que a algún descerebrado se le ocurrió que venía bien quedarse con el petróleo iraquí aunque fuera mediante una guerra. Entonces a través de la opinión publicada se va moldeando a la opinión pública y el hombre toma forma de marioneta al servicio del poder.

En esa estrategia de manipulación de la opinión pública, la corriente mediática dominante anatemiza a quien no se digne adorar el dinero, el lujo, el consumo y el placer; a quien recuerda que la libertad sin responsabilidad es libertinaje; y, sobre todo, a quien con claridad sostiene que hay Dios y que tiene un designio para cada hombre. Lo que se salga de esas veredas está en el terreno de lo políticamente incorrecto. Se anatemiza ridiculizando con ironía a quien defiende esos postulados, calificándolo de dogmático, de intolerante o de arcaico. ¡Bienvenidos al laicismo!
Juan Pablo II lo definía así: "una ideología que lleva gradualmente de forma más o menos consciente a la restricción de la libertad religiosa hasta promover un desprecio o ignorancia de lo religioso, relegando la fe a la esfera de lo privado y oponiéndose a su expresión pública". Como están las cosas actualmente debemos reconocer que "el laicismo es una ideología que, como todas las ideologías, aspira a ser a ser dominante, si es posible, haciendo desaparecer a todas las demás".
Julio de 2005

Defensa de cualquier vida

Por: Enrique Galván-Duque Tamborrel


“Ante todo, vivir”, ¡Pleonasmo!
Vivir es todo y nada, por lo tanto,
puede anteponérsele.

Entre los derechos «incómodos» a los que me refiero, está, en primerísimo plano, el derecho a la vida; está el deber de su defensa desde la concepción. También éste es un tema siempre recurrente --y de tonos dramáticos-- en el contexto socio-político. Esta continua denuncia de cualquier legalización del aborto ha sido definida incluso como «obsesiva» por ciertos sectores político-culturales. Son los mismos que sostienen que las «razones humanitarias» están de su parte; de la parte que ha llevado a los Parlamentos a dictar medidas permisivas sobre la interrupción del embarazo.

El derecho a la vida es, para el hombre, el derecho fundamental. Y sin embargo, cierta cultura contemporánea ha querido negarlo, transformándolo en un derecho «incómodo» de defender. ¡No hay ningún otro derecho que afecte más de cerca a la existencia misma de la persona! Derecho a la vida significa derecho a venir a la luz y, luego, a perseverar en la existencia hasta su natural extinción: «Mientras vivo tengo derecho a vivir.»

La cuestión del niño concebido y no nacido es un problema especialmente delicado, y sin embargo claro. La legalización de la interrupción del embarazo no es otra cosa que la autorización dada al hombre adulto --con el aval de una ley instituida-- para privar de la vida al hombre no nacido y, por eso, incapaz de defenderse. Es difícil pensar en una situación más injusta, y es de verdad difícil poder hablar aquí de obsesión, desde el momento en que entra en juego un fundamental imperativo de toda conciencia recta: la defensa del derecho a la vida de un ser humano inocente e inerme.

Con frecuencia la cuestión se presenta como derecho de la mujer a una libre elección frente a la vida que ya existe en ella, que ella ya lleva en su seno: la mujer tendría que tener el derecho de elegir entre dar la vida y quitar la vida al niño concebido. Cualquiera puede ver que ésta es una alternativa sólo aparente. ¡No se puede hablar de derecho a elegir cuando lo que está en cuestión es un evidente mal moral, cuando se trata simplemente del mandamiento de No matar!
¿Este mandamiento prevé acaso alguna excepción? La respuesta de suyo es «no»; ya que hasta la hipótesis de la legítima defensa, que no se refiere nunca a un inocente sino siempre y solamente a un agresor injusto, debe respetar el principio que los moralistas llaman prineipium ineulpatae tutelae (principio de defensa irreprensible): para ser legítima esa «defensa» debe llevarse a cabo de modo que inflija el menor daño y, si es posible, que deje a salvo la vida del agresor.

El caso de un niño no nacido no entra en semejante situación. Un niño concebido en el seno de la madre no es nunca un agresor injusto, es un ser indefenso que espera ser acogido y ayudado.
Es obligado reconocer que, en este campo, somos testigos de verdaderas tragedias humanas. Muchas veces las mujeres víctima del egoísmo masculino, en el sentido de que el hombre, que ha contribuido a la concepción de la nueva vida, no quiere luego hacerse cargo de ella y echa la responsabilidad sobre la mujer, como si ella fuese la única «culpable». Precisamente cuando la mujer tiene mayor necesidad de la ayuda del hombre, éste se comporta como un cínico egoísta, capaz de aprovecharse del afecto y de la debilidad, pero refractario a todo sentido de responsabilidad por el propio acto. Son problemas que conocen bien no sólo los confesonarios, sino además los tribunales de todo el mundo y, cada vez más, también los tribunales de menores.

Por tanto, rechazo firmemente la fórmula pro choice («por la elección»); es necesario decidirse con valentía por la fórmula pro woman («por la mujer»), es decir, por una elección que está verdaderamente a favor de la mujer. Es ella quien paga el más alto precio no solamente por su maternidad, sino aún más por destruirla, por la supresión de la vida del niño concebido. La única actitud honesta en este caso es la de la radical solidaridad con la mujer. No es lícito dejarla sola. Las experiencias de diversos centros asesores demuestran que la mujer no quiere suprimir la vida del niño que lleva en su seno. Si es ayudada en esta situación, y si al mismo tiempo es liberada de la intimidación del ambiente circundante, entonces es incluso capaz de heroísmo. Lo atestiguan, decía, numerosos centros asesores y, sobre todo, las casas para madres adolescentes. Parece, pues, que la mentalidad de la sociedad esté comenzando a madurar en su justa dirección, aunque todavía sean muchos esos sedicentes «benefactores» que pretenden ayudar a la mujer liberándola de la perspectiva de la maternidad.

Nos encontramos aquí en un punto, por así decir, neurálgico, sea visto tanto desde los derechos del hombre, como desde el derecho de la moral y de la sociedad. Todos estos aspectos están estrechamente unidos entre sí. Se trata de un problema de gran envergadura, en el que todos debemos demostrar la máxima responsabilidad y vigilancia. No podemos permitirnos formas de permisivismo, que llevarían directamente al conculcamiento de los derechos del hombre, y también a la aniquilación de los valores fundamentales, no solamente de la vida de las personas singulares y de las familias, sino de la misma sociedad. ¿No es acaso una triste verdad eso a lo que se alude con la fuerte expresión de civilización de la muerte?

Obviamente, lo contrario de la civilización de la muerte no es y no puede ser el programa de la multiplicación irresponsable de la población sobre el globo terrestre. Hay que tomar en consideración el índice demográfico, y la vía justa es lo que llamamos paternidad y maternidad responsables. Los centros asesores familiares de las Iglesias cristianas (católica y no católicas) así lo enseñan. La paternidad y la maternidad responsables son el postulado del amor por el hombre, y son también el postulado de un auténtico amor conyugal, porque el amor no puede ser irresponsable. Su belleza está contenida en su responsabilidad. Cuando el amor es verdaderamente responsable es también verdaderamente libre.

Ésta es la enseñanza que aprendí de mis venerados mayores y que, después, se complementó con la de jóvenes interlocutores contemporáneos, cónyuges o futuros cónyuges. Cuando se hablaba de Amor y responsabilidad. Como he dicho, ellos mismos fueron mis educadores en ese campo. Ellos, hombres y mujeres, contribuían creativamente al desarrollo de las familias, al desarrollo de mística de la paternidad y de la maternidad responsables, a la formación de centros asesores que tuvieron luego un óptimo desarrollo. La principal actividad de estos centros, su primera tarea, estaba y está dirigida al amor humano; en ellos se vivía y se vive la responsabilidad para el amor humano, el amor al prójimo.

El deseo es que tal responsabilidad no falte nunca en ningún sitio y en ninguna persona; que la responsabilidad no falte ni en los legisladores ni en los educadores. ¡A cuántas personas anónimas desearía rendir aquí homenaje y expresarles la más profunda gratitud por su generoso esfuerzo y su dedicación sin tasa! En su comportamiento queda confirmada la cristiana y personalista verdad del hombre, que se realiza en la medida en que sabe hacerse don gratuito para los demás.

Hago aquí referencia, en forma destacada, a Emmanuel Lévinas, representante de una especial corriente de personalismo contemporáneo y de la filosofía del diálogo. Análogamente a Martin Buber y a Franz Rosenzweig, expone la tradición personalista del Antiguo Testamento, donde tan fuertemente se acentúa la relación entre el «yo» humano y el divino, el absolutamente soberano «Tú».

Dios, que es el supremo legislador, promulgó con gran fuerza sobre el Sinaí el mandamiento de «No matar», como un imperativo moral de carácter absoluto. Lévinas, que como sus correligionarios vivió profundamente el drama del holocausto, ofrece de este fundamental mandamiento del decálogo una singular formulación: para él, la persona se manifiesta a través del rostro. La filosofía del rostro es también uno de los temas del Antiguo Testamento, de los Salmos y de los escritos de los profetas, en los que con frecuencia se habla de la «búsqueda del rostro de Dios» (cfr. por ej. el Salmo 27-26,8). A través del rostro habla el hombre, habla en particular todo hombre que ha sufrido una injusticia, habla y pronuncia estas palabras: «¡No me mates!» El rostro humano y el mandamiento de...No matar» se unen en Lévinas de modo genial, convirtiéndose al mismo tiempo en un testimonio de nuestra época, en la que incluso Parlamentos, Parlamentos democráticamente elegidos, decretan asesinatos con tanta facilidad.
Sobre un tema tan doloroso quizá sea mejor no decir más.

Amar al prójimo es amar a Dios

Por: Querien Vangal


La generosidad es una de las virtudes fundamentales del cristiano. La generosidad es la virtud que nos caracteriza en nuestra imitación de Cristo, en nuestro camino de identificación con Él. Esto es porque la generosidad no es simplemente una virtud que nace del corazón que quiere dar a los demás, sino la auténtica generosidad nace de un corazón que quiere amar a los demás. No puede haber generosidad sin amor, como tampoco puede haber amor sin generosidad. Es imposible deslindar, es imposible separar estas dos virtudes.

¿Qué amor puede existir en quien no quiera darse? ¿Y qué don auténtico puede existir sin amor? Esta unión, esta intimidad tan estrecha entre la generosidad y la misericordia, entre la generosidad y el amor, la vemos clarísimamente reflejada en el corazón de nuestro Señor, en el amor que Dios tiene para cada uno de nosotros, y en la forma en que Jesucristo se vuelca sobre cada una de nuestras vidas dándonos a cada uno todo lo que necesitamos, todo lo que nos es conveniente para nuestro crecimiento espiritual.

Este darse de Cristo lo hace nuestro Señor a costa de Él mismo. Como diría San Pablo: “Bien saben lo generoso que ha sido nuestro Señor Jesucristo, que siendo rico, se hizo pobre por ustedes, para que ustedes se hiciesen ricos con su pobreza”. Ésta es la clave verdadera del auténtico amor y de la auténtica generosidad: el hacerlo a costa de uno.

En el fondo, podríamos pensar que esto es algo negativo o que es algo que no nos conviene. ¡Cómo voy yo a entregarme a costa mía! ¡Cómo voy yo a darme o a amar a costa mía! Sin embargo, es imposible amar si no es a costa de uno, porque el auténtico amor es el amor que es capaz de ir quebrando los propios egoísmos, de ir rompiendo la búsqueda de sí mismo, de ir disgregando aquellas estructuras que únicamente se preocupan por uno mismo. ¡Qué diferente es la vida, qué diferente se ve todo cuando en nuestra existencia no nos buscamos a nosotros y cuando buscamos verdadera y únicamente a Dios! ¡Cómo cambian las prioridades, cómo cambia el entendimiento que tenemos de toda la realidad y, sobre todo, cómo aprendemos a no conformarnos con amar poquito!

Esto es lo que Cristo nos dice en el Evangelio: “Antiguamente se decía: Ama a tu prójimo y odia a tu enemigo”. Esto es amar poquito, amar con medida, amar sin darse totalmente a todos los demás. Podríamos nosotros también ser así: personas que aman no según el amor, sino según sus conveniencias; no según la entrega, sino según los propios intereses. Cuando Cristo dice: “Si ustedes aman a los que los aman, ¿qué recompensa merecen? ¿No hacen eso también los publicanos? Y si saludan tan sólo a sus hermanos, ¿qué hacen de extraordinario? ¿No hacen eso también los paganos?”, lo que nos está diciendo: ¿no hacen eso también aquellos a los que solamente les interesa la conveniencia o el dinero? Te doy, porque me diste; te amo porque me amaste.

El cristiano tiene que aprender a abrir su corazón verdaderamente a todos los que lo rodean, y entonces, las prioridades cambian: ya no me preocupo si esto me interesa o no; la única preocupación que acabo por tener es si me estoy entregando totalmente o me estoy entregando a medias; si estoy dándome, incluso a costa de mí mismo, o estoy dándome calculándome a mí mismo. En el fondo, estos dos modelos que aparecen son aquellos que, o siguen a Cristo, o se siguen a sí mismos.

Ser perfectos no es, necesariamente, ser perfeccionistas. Ser perfectos significa ser capaces de llevar hasta el final, hasta todas las consecuencias el amor que Dios ha depositado en nuestro corazón. Ser perfecto no es terminar todas las cosas hasta el último detalle; ser perfecto es amar sin ninguna medida, sin ningún límite, llegar hasta el final consigo mismo en el amor.

Para todos nosotros, que tenemos una vocación cristiana dentro de la Iglesia --independientemente de la denominación--, se nos presenta el interrogante de si estamos siendo perfeccionistas o perfectos; si estamos llegando hasta el final o estamos calculando; si estamos amando a los que nos aman o estamos entregándonos a costa de nosotros mismos.

Estas preguntas, que en nuestro corazón tenemos que atrevernos a hacer, son las preguntas que nos llevan a la felicidad y a corresponder a Dios como Padre nuestro, y, por el contrario, son preguntas que, si no las respondemos adecuadamente, nos llevan a la frustración interior, a la amargura interior; nos llevan a un amor partido y, por lo tanto, a un amor que no satisface el alma.

Pidámosle a Jesucristo que nos ayude a no fragmentar nuestro corazón, que nos ayude a no calcular nuestra entrega, que nos ayude a no ponernos a nosotros mismos como prioridad fundamental de nuestro don a los demás. Que nuestra única meta sea la de ser perfectos, es decir, la de amar como Cristo nos ama a nosotros.
Marzo de 2005

El antiguo Palacio Virreynal

Por: Enrique Galván-Duque Tamborrel



Desde tiempos inmemoriales fue el espacio donde los gobernantes ejercieron su autoridad, el centro de gravedad de la política, el sitio donde el poder se materializaba. Su transformación con el paso de los siglos fue también fiel reflejo de las transformaciones de la sociedad mexicana. La historia del actual Palacio Nacional es centenaria y, sin embargo, las modificaciones arquitectónicas jamás violentaron su naturaleza: siempre fue origen y destino del poder.

Los primeros años

A principios del siglo 16, el emperador Moctezuma ordenó la edificación de su Palacio --las llamadas Casas Nuevas-- en el terreno que tiempo después ocuparía el Palacio Virreinal. La construcción era tan fastuosa que propios y extraños no pudieron más que rendirle tributo y admiración. Tal grandeza no pasó inadvertida para Hernán Cortés, quien al consumarse la conquista de México se apropió de ella, acto que fue ratificado por cédula real en 1529.

En los años inmediatos a la conquista, la Plaza Mayor de la Ciudad de México mostraba en su lado oriental la gran propiedad de Hernán Cortés; hacia el sur, las construcciones que albergaban las casas del Cabildo, la cárcel y la carnicería; hacia el poniente se levantaban lo que fueron las casas viejas de Moctezuma, conocidas como el Palacio de Axayácatl, también propiedad del conquistador, las cuales fueron rentadas para albergar a la Real Audiencia y al virrey. En el lado norte se encontraba un modesto templo religioso que con el tiempo dejaría su lugar a la grandiosa catedral.

Pero conscientes de la importancia que guardaba el espacio que ocupara el palacio de Moctezuma, las autoridades intentaron adquirir la propiedad principal de Cortés y transcurrieron 41 años antes de lograrlo. A instancias del segundo virrey, don Luís de Velasco, el 19 de enero de 1562 la propiedad le fue comprada a Martín Cortés, hijo del conquistador, la cual fue vendida en 33 mil pesos. Ocho meses después, la otrora casa de Cortés se convirtió en la nueva sede del poder virreinal.

Con el paso de los años se construyeron nuevas habitaciones en el costado oriente, hecho que no alteró el extenso jardín y las huertas que se hallaban en el lado sur. Hacia finales del siglo 17, el Palacio de los Virreyes tenía ya el aspecto de una fortaleza, con dos torres en las esquinas resguardadas por artillería y "con troneras para fusilería, dispuesto todo para la defensa".

Las medidas de seguridad fueron insuficientes para defender el Palacio el 8 de junio de 1692, cuando una terrible hambruna propició el motín de 8 mil indios que se reunieron en la Plaza Mayor para exigir alimento. Al no ser escuchada, la turba amotinada decidió prenderle fuego a la residencia del virrey. Las llamas devoraron cada uno de los salones, habitaciones y oficinas del Palacio. Al amanecer del día siguiente, el paisaje era desolador; de la sólida construcción sólo quedaban cenizas.


Un muladar

De poco sirvió la reconstrucción del Palacio Real luego del motín de 1692. Cinco años tardaron los trabajadores en dejarlo acondicionado para que pudiera ser habitado nuevamente por el virrey. Se erigieron dos pisos de roca sólida --el tercero sería construido hasta el gobierno de Plutarco Elías Calles--, se decoraron los amplios salones y mejoró su aspecto, sin embargo, durante la mayor parte del siglo 18, la historia del Palacio fue escrita sobre la basura, los desperdicios y la pestilencia de los comerciantes de la Plaza Mayor.

Una palabra bastaba para definir el estado de la célebre construcción en las primeras décadas del siglo 18: muladar. Y no precisamente por la manera de hacer política, sino por el lamentable y triste panorama que presentaba cotidianamente.

Para los trasnochadores, el primer piso de la residencia virreinal se convirtió en el sitio adecuado para continuar la parranda y amanecer acompañado de alguna mujer y un buen tarro del mexicanísimo pulque. Gentes chamagosas, hampones, pordioseras y borrachas que reñían frecuentemente, le daban un aspecto aún más sombrío a la sede del poder novo-hispano. En el patio principal del Palacio se encontraban las cocheras para bodegas de comerciantes, sus escaleras y corredores se habían convertido en letrinas públicas.

Aquel lugar, donde se había levantado el palacio de Moctezuma, era una extensión de la podredumbre y suciedad que dejaban a diario los vendedores en la Plaza Mayor. El comercio ambulante había tomado por asalto la gran plaza. "Con toda libertad, a cualquiera hora del día, se arrojaban a la calle los vasos de inmundicia, la basura, estiércol y perros muertos... Cualquiera, sin respeto de la publicidad de la gente, se ensuciaba en la calle o donde quería".

Sólo una parte del Palacio logró mantenerse a salvo de la inmundicia: la capilla real, construida en la parte oriente, cuya edificación estaba "ajustada a lo más perfecto de la Arquitectura, que la más escrupulosa atención de los Artífices modernos, no descubre en ella defecto, que los ofenda --escribió Artemio del Valle Arizpe--. En él está pintado el martirio de Santa Margarita, de mano de Alonso Vázquez, natural de Sevilla, cuya destreza compitió a la de Miguel Ángel, en los dibujos...". Junto a la capilla se levantaba soberbio el gran jardín botánico, joya de la naturaleza sembrada por manos novo-hispanas que engalanaron durante años el interior del Palacio. Se encontraba muy alejado de la fachada principal, lo cual le permitió resistir el paso de los hombres.

Con la llegada del ilustre virrey don Vicente de Güemes, segundo conde de Revillagigedo, un rayo de esperanza iluminó la capital en 1790. Comenzó así, exitosamente, el primer reordenamiento del comercio ambulante y una higiénica cruzada dejó el Palacio, la Plaza Mayor y las calles de México con toda la majestad de que habían gozado en tiempos del imperio azteca. Iniciaba, sin embargo, el principio del fin del periodo colonial y una nueva página de la historia estaba lista para escribirse: a partir de 1821, el Palacio Real se transformaría en Nacional y con él surgirían nuevas historias.
Agosto / 2005

Ama a tu prójimo como a ti mismo

Por: Querien Vangal

Marcos 12, 28-34

En aquel tiempo, uno de los letrados se acercó a Jesús y le preguntó: ¿Cuál es el primero de todos los mandamientos? Jesús le contestó: El primero es: Escucha, Israel: El Señor, nuestro Dios, es el único Señor, y amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas. El segundo es: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No existe otro mandamiento mayor que éstos. Le dijo el escriba: Muy bien, Maestro; tienes razón al decir que El es único y que no hay otro fuera de El, y amarle con todo el corazón, con toda la inteligencia y con todas las fuerzas, y amar al prójimo como a si mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios. Y Jesús, viendo que le había contestado con sensatez, le dijo: No estás lejos del Reino de Dios. Y nadie más se atrevía ya a hacerle preguntas.

Reflexión

¿Quién es mi prójimo? No nos compliquemos investigando quién es nuestro prójimo. ¿Será aquél que nos encontramos en la calle, el pobre, el sucio...? Sí, él es nuestro prójimo. Pero también recordemos que prójimo es sinónimo de próximo. Algunas veces nos cuesta trabajo amar verdaderamente a nuestro prójimo que está más cercano a nosotros, en el trabajo, en la escuela. Aquella persona con la que tengo contacto personal cotidiana y que a veces humanamente me es difícil convivir, que es una cosa muy normal, pero en esos momentos es donde verdaderamente entra el verdadero amor a nuestro prójimo.

“No hagas a los demás lo que no quieras que te hagan a ti”. ¿Cuántas veces hemos escuchado esta frase? Muchas ocasiones, ¿verdad?, ¿No nos parece que se queda un poco corta? Es un poco pasiva, indiferente. Le falta algo. ¡Es un poco seca!

Cambiémosla a alguna frase más activa, más dinámica, que nos mueva a realizar algo y que nos ayude a quedarnos en el “no hagas a los demás”. Sería mejor decir: “haz a los demás lo que quieras que te hicieran a ti”. Interpretándola de forma correcta, no esperando en realidad que por nuestros actos tenemos que recibir el mismo pago. O esta otra que dice hacer el bien sin mirar a quien. Pero aquí en lugar del “sin mirar a quién” veamos a Cristo representado en mi prójimo

¿A quién no le gusta recibir una sonrisa, un “buenos días”, un comentario positivo? La sonrisa es un buen detalle práctico de amor al prójimo. Sonreír plácidamente, ser amable cordial y abierto con todos. Es un lenguaje universal; lo mismo lo entiende un polaco que un chino; muchas veces ayuda a quitar aquel polvillo rutinario del trabajo, que se ha ido acumulando a lo largo de las jornadas. ¿Que más prueba de amor al prójimo podemos dar? Esta es una forma sencilla y práctica. Así construiremos un clima de benevolencia en nuestro alrededor. ¡Hagamos la prueba!.

El escriba hace una anotación, que estos mandamientos valen más que todos los holocaustos y sacrificios hechos a Dios para el perdón de sus pecados y para pedir gracias especiales. Hoy podemos amar a Dios odiando el pecado en nuestras vidas, y amando de corazón a nuestro prójimo.