martes, 22 de julio de 2008

Magnanimidad

Por: Querien Vangal

Para la mentalidad del pueblo judío, las viudas y los huérfanos eran la imagen de la soledad y el desamparo. Tras la muerte del marido las viudas no heredaban y, en caso de no haber tenido hijos, debían regresar a la casa paterna: del sometimiento al difunto marido retornaban a la obediencia hacia el padre o hacia el hermano mayor. La legislación acentuaba el humanitarismo proveyendo que se les asignasen los restos de las cosechas que quedaban en el campo tras la siega y después de la recogida de la aceituna y la vendimia (Dt 16, 11 s.s.; 24, 19), lo que nos deja entrever la situación de penuria y estrechez en que vivían la mayoría de ellas.
Pero a la pobreza material, que podría justificar algún pequeño acto de egoísmo, se le antepone la virtud. En el Nuevo Testamento hay una viuda que me ha llamado la atención desde que escuché por vez primera el pasaje evangélico que a ella se refiere. Su actitud, sencillamente conmovedora, conquista con facilidad. El comentario que de ella hace Jesús la enaltece.
La escena no es difícil de imaginar: frente al receptáculo de las limosnas en el templo, Jesús observa las actitudes de los ricos que pasan a dejar sus monedas. Unos alardean las cantidades depositadas mientras otros se retan soberbiamente a ver quién es capaz de dejar más… De pronto, entre las finas telas de las túnicas de esas opulentas personas, se va abriendo paso un cuerpecillo encorvado que roba inmediatamente la mirada del Maestro.
Es una mujer adornada con la vejez de muchos años; una mujer envuelta en un largo y gastado velo negro. Arrastra las sandalias y camina con dificultad pero con paso seguro. No lleva algo en la mano, lo lleva todo. Los ricos la ven despectivamente mientras ella baja la cabeza y sigue su paso. Al llegar a la urna alza la mano con temblor, con un poco de pena ante los hombres que continúan viéndola. Apenas abrir la palma de su mano y los oídos perciben casi inmediatamente dos pequeños golpes nacidos del contacto del metal con el fondo… Y el Señor Jesús, que seguía todo con fina atención, mueve la cabeza con ese gesto tan conocido por los suyos, un gesto propio para cuando deseaba convocarlos sin necesidad de pronunciar palabras.
Todavía no se congregan todos sus discípulos cuando, sin quitarle la mirada a la ancianita, empieza a decir con firmeza: “Os digo de verdad que esa viuda pobre ha echado más que todos los que han echado. Pues todos han echado de lo que les sobraba, ésta, en cambio, ha echado de lo que necesitaba, todo cuanto poseía, todo lo que tenía para vivir” (Mc 12, 43-44).
…No ha echado de lo que le sobraba sino de lo que necesitaba, cuanto poseía y tenía para vivir… Es que únicamente las almas grandes y virtuosas son capaces de darse enteramente y sin cláusulas. Sólo las almas generosas son capaces de actos como ese porque han penetrado el misterio de aquella máxima de la sabiduría popular que dice que hay más alegría en dar que en recibir. Pero no, la viuda del relato evangélico no era nada más una persona generosa.

Los generosos saben dar pero todavía arrastran el lastre de la sujeción al devenir de los estados de ánimo: hoy dan si se sienten bien pero mañana no saben si serán capaces; dependerá de cómo se sientan. Y es que nuestra viuda es una persona que ha conducido su generosidad al culmen, hasta la cima de la virtud, hasta la magnanimidad. Y no se puede pensar en que aquel gesto hubiese sido un hecho puntual aislado sino un acto más en esa cadena de buenos hábitos que dan esa áurea de virtud a su obra. Tan es así que se ganó el laurel del reconocimiento de un Dios que conoce los interiores de las personas.
Al recordar ese acto culmen de una mujer sencilla y en las condiciones propias de su viudez, ¿no nos interpela algo dentro a nosotros? La imitación, ciertamente, no consiste en reproducir el mismo acto –si bien no estaría de más tenerlo en lista– sino en cultivar las mismas actitudes, lo que está en el fondo. Nadie se vuelve magnánimo de la noche a la mañana sino a través de pequeños actos de generosidad diarios que a la larga se vuelven espontáneos y, poco a poco, magnánimos. Seguramente pocos tendrán los medios como para comprar una casa a un pobre vagabundo pero todos tenemos la oportunidad de ofrecer una cálida sonrisa, una palabra de aliento o un gesto de afecto a aquellos con quienes nos topamos diariamente.
No podemos esperar grandes oportunidades para ser generosos y, luego, poco a poco, magnánimos. Bastan las pequeñas ocasiones del día a día. Así, casi sin darnos cuenta, con el empeño constante, seremos capaces de dar como esa viuda, las “moneditas” que de no ser por ejercitarnos todos los días, jamás hubiésemos dado.

Las llaves perdidas

Por: Querien Vangal

“Nadie sabe lo que tiene hasta que lo pierde”. Verdad manifiesta cuando se extravían las llaves. No nos interesamos por esos pedazos de metal dorado o plateado, sino hasta que nos damos cuenta de que los hemos perdido. Cuando las tenemos abrimos mecánicamente puertas, coches, vitrinas, armarios, cajones, cajas fuertes y demás cosas que estimamos.
Nos duele perder las llaves porque sin ellas se obstaculiza nuestro acceso a algo que es “de nuestra propiedad”. La llave ha llegado a ser un signo de aquello que encierra. “La llave de mi casa, de mi coche, de mi oficina”.
En la antigüedad confiar las llaves era el símbolo de delegar una autoridad, un signo de compromiso, una muestra de confianza, un gesto de responsabilidad. El siervo que recibía las llaves del amo era el de máxima confianza, el de mayor virtud y fidelidad.
Luego surgió el término de “amo de llaves” (si bien su forma más empleada es la femenina), para designar al hombre que disponía de los bienes de la casa según su prudente juicio, algo así como nuestro actual “administrador”. Para conocer el rango o importancia de uno de estos sujetos bastaba echar una mirada a la cantidad de llaves que cargaban y la clase de puertas que abrían. Muchas llaves o llaves grandes: gran responsabilidad.
Qué duda cabe que en la amistad sucede algo parecido. Sin recurrir a formas poéticas muy elaboradas, podemos afirmar con sencillez que en un amigo (esa otra mitad de nuestra alma) hemos depositado la llave de nuestro corazón. Nadie nos conoce mejor que un amigo, en nadie se confía más que en un amigo. Nadie está más pronto a escucharnos y darnos consejo. “La pena que se comparte con un amigo es un descanso”, decían los persas.
Pero nosotros no sólo tenemos amigos: también somos amigos de otras personas, ¿qué uso le damos a esta llave? Alguien confía en nosotros, como nosotros confiamos en otras personas. Puede angustiarnos mucho haber extraviado una llave importante. Es una pena mayor llenar de herrumbre el corazón oxidando una amistad.

El arte de dar lo que no se tiene

Por: Querien Vangal

A Gerard Bessiere le ha preguntado alguien cómo se las arregla para estar siempre contento. Y Gerard ha confesado cándidamente que eso no es cierto, que también él tiene sus horas de tristeza, de cansancio, de inquietud, de malestar. Y entonces, insisten sus amigos, ¿cómo es que sonríe siempre, que sube y baja las escaleras silbando infallablemente, que su cara y su vida parecen estar siempre iluminadas? Y Gerard ha confesado humildemente que es que, frente a los problemas que a veces tiene dentro, él "conoce el remedio, aunque no siempre sepa utilizarlo: salir de uno mismo", buscar la alegría donde está (en la mirada de un niño, en un pájaro, en una flor) y, sobre todo, interesarse por los demás, comprender que ellos tienen derecho a verle alegre y entonces entregarles ese fondo sereno que hay en su alma, por debajo de las propias amarguras y dolores. Para descubrir, al hacerlo, que cuando uno quiere dar felicidad a los demás la da, aunque él no la tenga, y que, al darla, también a él le crece, de rebote, en su interior.

Me gustaría que el lector sacara de este párrafo todo el sabroso jugo que tiene. Y que empezara por descubrir algo que muchos olvidan: que ser feliz no es carecer de problemas, sino conseguir que estos problemas, fracasos y dolores no anulen la alegría y serenidad de base del alma. Es decir: la felicidad está en la "base del alma", en esa piedra sólida en la que uno está reconciliado consigo mismo, pleno de la seguridad de que su vida sabe adónde va y para qué sirve, sabiéndose y sintiéndose nacido del amor. Cuando alguien tiene bien construida esa base del alma, todos los dolores y amarguras quedan en la superficie, sin conseguir minar ni resquebrajar la alegría primordial e interior.

Luego está también la alegría exterior y esa depende, sobre todo, del "salir de uno mismo". No puede estar alegre quien se pasa la vida enroscado en sí mismo, dando vueltas y vueltas a las propias heridas y miserias, autocomplaciéndose. Lo está, en cambio, quien vive con los ojos bien abiertos a las maravillas del mundo que le rodea: la Naturaleza, los rostros de sus vecinos, el gozo de trabajar.

Y, sobre todo, interesarse sinceramente por los demás. Descubrir que los que nos rodean "tienen derecho" a vernos sonrientes cuando se acercan a nosotros mendigando comprensión y amor.

¿Y cuando no se tiene la menor gana de sonreír? Entonces hay que hacerlo doblemente: porque lo necesitan los demás y lo necesita la pobre criatura que nosotros somos. Porque no hay nada más autocurativo que la sonrisa. "La felicidad -ha escrito alguien- es lo único que se puede dar sin tenerlo". La frase parece disparatada, pero es cierta: cuando uno lucha por dar a los demás la felicidad, ésta empieza a crecernos dentro, vuelve a nosotros de rebote, es una de esas extrañas realidades a las que sólo podemos acercarnos cuando las damos. Y éste puede ser uno de los significados de la frase de Jesús: "Quien pierde su vida, la gana", que traducido a nuestro tema podría expresarse así: "Quien renuncia a chupetear su propia felicidad y se dedica a fabricar la de los demás, terminará encontrando la propia". Por eso sonriendo cuando no se tienen ganas, termina uno siempre con muchísimas ganas de sonreír.

Dios ama cada día

Por: Querien Vangal

¡Gracias! Hace poco leí un artículo que empezaba con esas palabras. ¡Gracias! ¡Qué hermosa palabra! Un autor decía que es como una flor exótica en medio de la montaña de la vida. Es verdad, es muy difícil decir ¡gracias!, pero ¿Cómo no hacerlo con alguien que nos ha hecho tanto bien? Más de alguna vez he escuchado a personas decir que Dios no los ama, ya sea porque el sufrimiento no los ha abandonado, ya sea porque la fortuna nunca ha tocado a su puerta. Es una dura afirmación y, a la vez, triste.

Sin embargo, creo que Dios no ha dejado nunca de amarnos, Dios nos sigue amando cada día, a cada paso, a cada instante. Me apena que los hombres no descubramos ese amor bendito que no se esconde y que nos acaricia siempre.

Dios me ama cada mañana cuando me levanto y me doy cuenta de que estoy vivo, cuando me dirijo a la calle y puedo salir con mis propias piernas y moverme de un lado para otro ¿Cuántos hombres desearían dar por lo menos una de mis zancadas o golpear una vez un balón de fútbol? Dios me ama cuando, día a día, me permite mover estos brazos con los que estrecho a un ser querido o saludo a un compañero. Me ama cada día cuando escucho la voz de un niño o cuando veo una sonrisa o las lágrimas en su rostro. Y qué decir cuando sé que tengo unos padres que me quieren y unos amigos que jamás me traicionarían. Y aún más, cuando me acerco a la mesa y observo que jamás me ha faltado un plato y un poco de alimento. Dios me ama, me ama a cada día, a cada paso, a cada instante. Basta dejar de ser miope y descubrir a Dios en la trastienda de la vida para contemplar el milagro inaudito de su protección.

Pero si es maravilloso sentirse amado por Dios y experimentarlo a cada momento, lo es más el saberse particularmente amado. Dios me ama personalmente. Y sé que es así porque nadie más ha recibido mi vida, porque nadie más que yo ha salido a la calle con mis piernas, porque cada vez que abrazo a alguien son mis brazos y es mi corazón el que se alegra. Mis ojos son los que no se cansan de ver una amanecer. Los regalos de Dios no se dan en promoción y en grandes cantidades. Cada tonelada de amor de Dios es para mí solo. Él no ama multitudinariamente sino a domicilio.

No obstante nos empeñamos en sacarle la vuelta. Y cuando perdemos alguno de esos regalos (porque son eso, regalos), entonces volvemos la cara e incluso nos sentimos menos amados, a pesar de que Dios también ama con el dolor. No es Dios el que nos vuelve la cara somos nosotros, que la tenemos tan pegada a la tierra, que no nos damos cuenta de todo su amor. Somos nosotros los verdaderos culpables de la miopía de la sociedad, porque no alcanzamos a ver más allá de nuestros gustos y de nuestras vanidades. No valoramos lo que tenemos, nos limitamos a poseerlo, pero no a gozarlo y a agradecerlo.

Los hombres fuera de la memoria y de la misericordia divina no existen. Dios sigue amando con toda su omnipotencia y a cada uno. No somos unos extraños para Él. Por eso, regresa a la primera línea, vuelve a leerla, repite esa primera palabra y deja que esa flor exótica de la montaña se convierta en la flor más abundante del jardín de tu vida. ¡Gracias! porque Dios no deja de amarnos cada día, a cada paso, a cada instante.



Ante la mirada de Dios

Por: Querien Vangal

¡Que mirada tan profunda, tan serena, tan llena de paz y de ternura, tan llena de luz y de vida, es la mirada de Jesús! Es la mirada que resume tu vida y que te dice: te conozco más que tú mismo. Se quien eres, se de tus triunfos y fracasos, de tus buenas y malas obras, conozco al dedillo tus virtudes y defectos y sin embargo te amo. Es la mirada que en vez de condenarte, te perdona, en vez de reprocharte, te habla con dulzura, en vez de castigarte te premia y en vez de repudiarte (desde su pureza) por tus errores te sumerge en su costado abierto de misericordia, y en vez de lastimar tus heridas las sana y lava con su sangre y te conduce hacia fuentes tranquilas y en verdes prados te hace reposar.

Su mirada es como un rayo de luz que traspasa el cerco de nuestra intimidad e ilumina todo nuestro interior y nos hace aparecer ante su presencia desnudos de todas las caretas y disfraces que nos impiden vernos tal cuales somos. Pero no es para delatarnos y acusarnos, sino más bien, para romper las cadenas que nos atan y derribar los muros que nos encierran en nuestro egoísmo y tristeza, en nuestro odio y soledad, y darnos la oportunidad de ser liberados con el poder de su Santo Espíritu.

Pero, muchas veces, tenemos miedo de alzar nuestros ojos y entrecruzar la mirada con la del Maestro. Sentimos temor de aluzarnos en el espejo de Justicia porque en el estado de abandono y miseria en que nos encontramos, nos hace sentirnos indignos de ponernos en su presencia. Y no olvidamos de que Él es la fuente del Amor y la Misericordia, desde donde brotan ríos de agua viva que saltan hasta la vida eterna. Ignoramos que estamos como tierra reseca agostada sin agua y que necesitamos ser regados por el Agua de la Vida, para que podamos ser fecundos y dar frutos en abundancia.

Cuando Jesús se encontró con la mujer samaritana, en el pozo de Jacob, se le confesó como el dueño de esa fuente de agua viva que se prueba y colma nuestra sed para siempre. La fuente que todos los hombres ansían pero no saben cómo llegar a ella, pero que cuando la descubren son capaces de vender todo cuanto tienen para quedarse con ella, porque han encontrado la perla que tanto buscaban. Y es a través de su mirada que Jesús nos permite ver la gran riqueza que hay en Él, y la gran necesidad que tenemos de sus dones y gracias. Y el gran deseo que tiene nuestro Señor de compartir con sus hijos, lo que el Padre Dios le ha dado, porque nos ama con un amor eterno.

Su mirada nos descubre y nos busca entre la multitud y el bullicio de este mundo, se poza sobre nosotros y nos hace saber sentir la necesidad de acercarnos a Él. Es una fuerza irresistible y poderosa que emana de la fuente inagotable de su misericordia. Fuerza que nos hace sentir unidos y vinculados a un Dios vivo y cercano que por su infinito amor, nos ha incluido en su plan maravilloso de salvación y vida eterna.

No temas en mirar a Jesús, poner tu confianza y apoyo en Él, porque Él desea compartir tu cruz, tu peso y tu dolor y redimirte de un modo personal, de tal suerte que puedas ser un testigo auténtico de su amor. De ese amor que se derrama y te abraza con poder para que pises firme y puedas caminar sobre las aguas turbulentas.

lunes, 21 de julio de 2008

Responsabilidad en la crisis alimentaria

Por: Querien Vangal

Ante la crisis alimentaria que está involucrando a todo el planeta, es necesario asumir la responsabilidad del prójimo, afirmó el arzobispo Celestino Migliore, nuncio apostólico y observador permanente de la Santa Sede ante Naciones Unidas.
Durante la Sesión 2008 del Consejo Económico y Social (Ecosoc), en el Debate para el Seguimiento de Alto Nivel, se pidió a los líderes mundiales reflexionar sobre los progresos conseguidos en respetar la agenda de desarrollo de Naciones Unidas y sobre la urgencia de afrontar las necesidades de desarrollo de las comunidades rurales.
La importancia del tema viene subrayada por la actual crisis alimentaria y por la involución económica en algunos países desarrollados.
No cabe la menor duda que la crisis alimentaria tiene impacto sobre todas sociedades, en algunos lugares se manifiesta de entrada en forma de escasez de alimentos, continuada por una mala nutrición y termina con hambre. En otros en precios más altos que resultan onerosos para las familias que tratan de hacer frente a sus necesidades fundamentales.
A pesar de las diversas manifestaciones, según el arzobispo el fenómeno deriva de una serie de causas concomitantes, entre las cuales políticas económicas, agrícolas y energéticas miopes, que provocan un choque entre la creciente demanda de alimentos y su producción insuficiente, el aumento de las especulaciones financieras sobre los bienes, el incontrolable aumento del precio del petróleo y las condiciones climáticas adversas.
Para lograr que el debate sea productivo y no un mero ejercicio retórico y un quede en el aire, el prelado exhortó a trabajar duramente para asegurar que este debate se acompañe de una acción inmediata y eficaz.
La crisis alimentaria mundial amenaza con malograr el objetivo primario para cada persona de ser liberada del hambre.
Así las cosas, la Resolución sobre el Derecho al Alimento, adoptada recientemente por el Consejo para los Derechos Humanos, subraya justamente el deber de los estados, con la asistencia de la comunidad internacional, de realizar todos los esfuerzos para hacer frente a las necesidades alimentarias de sus poblaciones con medidas que respeten los derechos humanos y la regla de la ley.
Al principio, hay que actuar para asistir a cuantos sufren desnutrición y hambre, porque es difícil pensar que, en un mundo que gasta más de 1.300 millones de dólares al año en armamento, los fondos ‘salvavidas’ para ayudar a los necesitados no estén disponibles.
Por este motivo, el prelado subraya que una sincera voluntad de afrontar la cuestión deber ser acompañada por la acción necesaria, no sólo por palabras e intenciones. Del dicho al hecho hay mucho trecho, hay que dar el brinco necesario para librarlo, porque hechos son amores y no buenas intenciones.
Del mismo modo, la ayuda económica de emergencia inicial debe ser acompañada por un esfuerzo concertado por parte de todos para invertir en programas agrícolas sostenibles y a largo plazo, a nivel local e internacional.
El arzobispo Migliore recordó que, en los últimos 25 años, se ha verificado un notable progreso para reducir el número de personas que viven en extrema pobreza.
Si no se invierte de nuevo en la agricultura, sin embargo, el progreso alcanzado con duro trabajo y dedicación corre el riesgo de perderse, deben llevarse a cabo reformas agrarias en los países en vías de desarrollo que puedan dar a los pequeños agricultores los instrumentos para aumentar la producción de modo sostenible, así como el acceso a los mercados locales y globales.
Las políticas agrícolas y ambientales deben seguir la vía de la razón y del realismo para equilibrar la necesidad de producir alimentos con la de ser buenos administradores de la tierra.
La actual escasez de alimentos, para el observador permanente, vuelve a subrayar la urgencia de explorar nuevas fuentes energéticas que no opongan el derecho a la alimentación a otros derechos.
Para resolver la emergencia actual, de todos modos, es imprescindible una eficaz colaboración internacional.
El siglo XX sufrió trágicamente por los efectos de pueblos y gobiernos que miraban sólo al territorio nacional y por la falta de consulta y de cooperación multilateral. La crisis actual es una oportunidad para la comunidad global de reunirse y asumir la responsabilidad del prójimo.

viernes, 18 de julio de 2008

Oaxaca y sus tradiciones

Las fiestas de los “Lunes del Cerro” se celebran en la ciudad de Oaxaca los dos lunes siguientes al 16 de julio, y constituyen un acontecimiento en el que participa todo el pueblo sin distinción de clase social.

Recopiló y complementó: Antero Duks

Al parecer, estas fiestas tienen su origen en la época colonial y están relacionadas con la llamada fiesta del Corpus del Carmen Alto que se celebraba los días domingo, lunes y martes siguientes al 16 de julio y se repetía ocho días después en la llamada “octava”.
Las fiestas de Corpus seguían fielmente la tradición española y se celebraban como parte del ritual de los templos católicos que tenía la ciudad, entonces llamada Antequera. El ciclo ritual se realizaba siguiendo un calendario anual y consistía en sacar en procesión a las imágenes de los santos patronos titulares de sus respectivos templos para recorrer con ellos el barrio correspondiente a su patronato. Acompañaba a la figura del santo patrón una custodia con el Corpus, hecho que le daba a las celebraciones su nombre genérico. El Corpus del templo del Carmen se celebraba el domingo posterior al 16 de julio, fecha señalada por el calendario litúrgico para la festividad de la Virgen del Carmen.
El Corpus del Carmen era muy productivo para el comercio y para algunos ramos de artesanos que vendían gran cantidad de géneros, calzado y demás piezas de vestir, pues por costumbre se creía una especie de obligación estrenar muy especialmente en la procesión y su legendario paseo del cerro.
La fiesta del Carmen causaba especial alboroto, pues los vecinos del barrio se esforzaban por hacerla lo más solemne posible y organizaban “convites”, que eran procesiones mediante las cuales los vecinos recorrían las calles para anunciar la “novena” de rosarios que se rezaban los nueve días anteriores a la fecha de la fiesta se esmeraban igualmente para organizar la “calenda”, que era otro desfile realizado dos días antes de la fecha principal para invitar al pueblo a unirse a la festividad, y en el cual se tronaba los más espectaculares fuegos artificiales (que se quemaban la víspera), para el regocijo popular.
En las calendas de los barrios aparecían las imágenes de los santos patronos y en sus inicios, las procesiones eran muy solemnes y las imágenes sagradas iban bajo palios acompañadas de los funcionarios del respectivo templo y de las congregaciones devotas de los santos, quienes portaban velas y rezaban.
A estas festividades, que en un principio fueron exclusivas de los españoles de la ciudad de Antequera, pronto se agregó el entusiasmo de los indígenas residentes en los pueblos vecinos, particularmente los del barrio de Xochimilco, que había sido fundado en 1521 por órdenes de Hernán Cortés, al norte de la mencionada ciudad. Ellos mantenían sus propias tradiciones y celebraban dos festividades: una dedicada a Xilomen, diosa del maíz tierno o elote, a quien le dedicaban grandes honores y ofrendas, y para quien las doncellas recogían las más bellas flores para ofrecérselas como símbolo de castidad y pureza de su alma, y otra llamada la fiesta de los señores que se hacía en honor de Ehécatl, dios del viento, nombre que llevaba el actual Cerro del Fortín. En los ocho días que duraban las celebraciones que daban comienzo el día 13 Técpatl del octavo mes llamadoHuey Tecnilhuitl(que corresponde al mes de julio de nuestro actual calendario) se verificaban extraordinarios bailes, danzas y la música no cesaba.
La coincidencia entre ambas fiestas, la indígena y la española, facilitó el sincretismo que dio lugar a las fiestas de los Lunes del Cerro, en las que aún se conserva la tradición de los oaxaqueños con gran entusiasmo, lo cual, además, está claramente relacionado con la creencia popular de que los lunes son días propicios para los ritos festivos.
Es posible que a esta tradición náhuatl le haya precedido otra ceremonia que está muy arraigada en las costumbres de los pueblos mesoamericanos en general, y que muy particularmente se manifiesta entre los zapotecos y los mixtecos, pueblos que coexistían en el valle de Oaxaca a la llegada de los españoles. Según estas costumbres, es necesario propiciar a las deidades del agua que residen en las cumbres de los cerros, para que escuchen los ruegos de que la lluvia caiga oportunamente, sin exceso, sin viento y sin granizo.
Aunque la conquista española aparentemente interrumpió la tradición indígena al imponer la religión cristiana, lo que ocurrió en realidad fue que mientras en la ciudad de Antequera los españoles reproducían fervorosamente su ritual católico, en los pueblos indígenas circundantes se mantenían, más o menos encubiertas, las prácticas rituales de su religión animista. Sin embargo, la inevitable interrelación de los grupos y el empeño de los evangelizadores por hacer aceptable la imposición de los ritos católicos, hizo posible el fomento de un culto en el que se incorporaron elementos de la tradición indígena, haciendo más festivos y espectaculares los actos litúrgicos externos.
A mediados del siglo XVIII, cuando la población española empezó a diluirse en el mestizaje, gobernó la Diócesis de Antequera el obispo don Tomás Montaño y Aarón, quien imitó los bailes de Tarasca que se organizaban en Corpus en España con gigantes cabezudos. Él fue quien estableció la usanza de celebrar un baile de gigantes y buscó los medios para costearlo. Los gigantes debían bailar las tardes del domingo posterior al 16 de julio en el atrio del Carmen Alto ante una selecta concurrencia, después del paseo de Corpus, y para el pueblo dispuso el obispo otra sesión que se celebraría al día siguiente en “el petatillo” del Cerro de la Soledad. El primer lunes que los gigantes bailaron en el cerro fue en el año de 1741.
Con la aplicación de las Leyes de Reforma, los gigantes dejaron de ir al cerro, pero la gente no dejó de asistir y después de la función religiosa del lunes en la iglesia del Carmen Alto, la concurrencia, estrenando ropa, se dirigía a pie al cerro, donde se entretenían haciendo ramos con las azucenas silvestres que nacían espontáneamente por esas fechas. Poco a poco se fueron estableciendo vendedores que ofrecían fruta y golosinas, así como puestos de chone que era una bebida de maíz teñida con achiote. La fiesta terminaba generalmente con la lluvia, que era considerada por la gente una bendición, al grado de que en lugar de molestarse porque se les arruinaba la ropa nueva, festejaban este hecho y le dieron el nombre de “remojo”.
En 1878, a solicitud de los parroquianos, el gobernador Francisco Meixueiro dio permiso al barrio del Carmen Alto para organizarse, hacer nuevamente los gigantes y bailarlos en el cerro con música ejecutada por bandas militares.
En el marco de estas festividades que, como queda dicho, fueron evolucionando a lo largo de la historia, se inscriben las actuales fiestas de los Lunes del Cerro, en las que destaca el espectáculo de música, danzas, bailes y cantos llamado Guelaguetza.
Guelaguetza, alegría y generosidad de los pueblos

Los colores, la danza y la música, los aromas de Oaxaca se reunirán este mes (julio) para continuar con la tradición de participar y ofrecer a los visitantes el patrimonio más valioso de los pueblos: la cultura en sus expresiones más alegres y festivas.

Cooperación, generosidad, participación y delicadeza, son las palabras que dan significado a lo que en idioma zapoteco se denomina con un solo vocablo: Guelaguetza, y que hoy designa una tradición popular alegre y festiva, que encanta a quien participa de ella.

Una fiesta indígena y mestiza

Sus orígenes se remontan a la época prehispánica, se retoma durante la Colonia con otras formas y se celebra con el nombre que hoy lleva desde mediados del siglo XX, siempre con nuevas sorpresas. En esta festividad son varias las leyendas y tradiciones que confluyen y han reunido a la diversidad oaxaqueña.

Se dice que en la antigüedad celebraba a la diosa del maíz tierno, Centéotl, e incluía el sacrificio de una doncella. Posteriormente, con la evangelización se transformó en la fiesta de la Virgen del Carmen, la cual perdura hasta nuestros días, ahora teñida de un carácter multiétnico y popular. Se ha convertido, dicen los oaxaqueños, en su celebración más importante.

Lunes y todo el mes

Dieciséis grupos étnicos de ocho regiones distintas bailan, hacen música, cantan, visten sus trajes tradicionales, y ofrecen frutos y delicias de la cocina regional en un acervo de colores que puede apreciarse durante las dos últimas semanas de julio, de las cuales los lunes son los días de mayor relevancia. Aunque en la actualidad, todo el mes de julio es el mes de la Guelaguetza y se pueden encontrar actividades diversas en el estado, e incluso fuera de éste, que incluyen a cantantes reconocidos, pintura, artesanía, además de la tradición.

La fiesta de los “Lunes del cerro”, como también se conoce a la Guelaguetza, ha tenido como escenario principal el Cerro del Fortín, en la ciudad de Oaxaca, en donde se sitúa el templo del Carmen, cuya construcción inicial se remonta al siglo XVI, cuando sustituyó al antiguo Teocalli de Huaxyacac.

Desde 1974, al edificarse el auditorio Guelaguetza, que es un teatro abierto con capacidad para albergar a más de 11,000 personas, la amabilidad de los pueblos de Oaxaca se ha concentrado en este espacio en donde, unos tras otros aparecen las danzas, la música y los regalos que las comunidades lanzan al público que los aplaude: fruta, sombreros, símbolos de la tierra.

Pero la generosidad y la celebración se extiende ahora a gran parte de la ciudad y del estado. Las calles de la capital se han convertido también en el escenario de nuevas formas de participar, así como otros teatros y espacios que resaltan por su belleza.

Una invitación para todos

Organizada como una calenda o desfile tradicional oaxaqueño para invitar a todos los habitantes y a quienes visitan a participar en la fiesta, las delegaciones pasean su colorido y su música por las calles. Dirigidos por la chirimía y el tambor, acompañados por los coheteros y encabezados por las marmotas (faroles de tela) y gigantes (representaciones populares de enorme tamaño que bailan al son de la música) y por las chinas oaxaqueñas, o mujeres que llevan canastas con ofrendas para ofrecer a la Virgen, cada delegación lleva su propia banda de música, una tradición y una distinción de los pueblos de Oaxaca.

Además, antes del lunes 23 de julio, primer “Lunes del cerro”, los participantes eligen a la reina, una mujer, indígena, que representará la cultura, la sabiduría y la belleza de su comunidad, y también a la fiesta.

De la tierra, para la tierra

Amuzgos, chatinos, cuicatecos, chinantecos, chontales, chochos, zapotecos, mixes, mixtecos, zoques, huaves, ixcatecos, mazatecos, popolucas, triques y nahuatlecos, todos participan con el orgullo propio de sus costumbres y tradiciones; con el arte renovado y ancestral de sus bordados y vestidos; con los frutos de su trabajo; con las delicias de su variada y rica gastronomía.

Y quienes disfruten de esta festividad podrán decir “salud” a la riqueza de la tierra con esa bebida artesanal y de tradición que es el mezcal, sin olvidar el ritual de rigor que debe preceder al primer trago: verter tres gotas de la bebida a la tierra para devolverle todo lo que nos da y seguir celebrando, cada año, al maíz, a la Virgen, y a la generosidad de los pueblos de Oaxaca.


Los Lunes del Cerro: una ceremonia del sincretismo mesoamericano-europeo

Del análisis de los códices, de la epigrafía y iconografía de Mesoamérica así como de los documentos escritos desde la Conquista durante la Colonia, en correlación con la religión mesoamericana, es posible considerar que la religión zapoteca, integrante de aquella, reconoce condición y acción del hombre como parte de un orden cósmico, que mediante una relación armónica con el resto de la naturaleza, aspira a una integración permanente e indisoluble


La religión zapoteca contaba con un complejo conjunto de deidades que reflejaban importantes aspectos de la vida mundana y de las actividades sociales de los miembros del grupo.

El calendario ritual de 260 días para el ordenamiento del cosmos, llamado Pije o Piye sintetizaba su visión religiosa. Dicho calendario se dividía en cuatro periodos de 65 días presididos por dioses llamados Cocijos o Pitaos, a los cuales se les hacían ofrendas.
El Yza era el calendario agrícola básico de 365 días (probablemente tenia 18 "meses" de 20 días cada uno, a los que al final se agregaba un periodo de cinco días), que complementaba su cosmovisión, la cual no sólo funcionaba para aumentar la solidaridad de los grupos sociales y enfatizar el carácter distintivo del pueblo, sino también para aliviar las constantes crisis en la vida cotidiana de cualesquiera de sus numerosas comunidades.
Cabe destacar que si la civilización mesoamericana, y por ende la cultura zapoteca, surgen con la invención de la agricultura, la concepción religiosa zapoteca da la mayor importancia a las divinidades relacionadas con la agricultura y la subsistencia. Dentro del orden cósmico las relaciones de respeto mutuo entre el hombre y la naturaleza se dan en la búsqueda del equilibrio entre el hombre y el universo que lo contiene, práctica de la que derivaban los innumerables ritos y mitos que conformaban el complejo ceremonial zapoteco.
Los ritos más importantes se realizaban en honor de los principales dioses: a Bidoo Cocijo, dios de la lluvia y del rayo, que también presidía los cinco puntos cardinales, dios patrono de todo el valle oaxaqueño, y a Bidoo Cozobi, dios del maíz, de todo alimento y de los mantenimientos abundantes. Era a quienes los zapotecos del valle, desde antes de la invasión ibérica, ofrendaban ricos presentes, cantos y danzas para que devolviesen con creces sus cosechas y los liberasen de las calamidades.

Estas celebraciones se efectuaban en Sola al cortar de sus plantas la primera cosecha de chile, y que en una ceremonia similar lo hacían en los Valles Centrales, sólo que al cortar el primer elote.
Así pues, la ceremonia del maíz se celebraba en honor a Bidoo Cozobi, el día señalado por el Maestro cualquier día de julio, por ser en este mes cuando el producto de los sembradíos de maíz alcanza el punto de su primer consumo: el elote tierno. A partir de la dominación ibérica, la ofrenda al dios del maíz se empezó a realizar los lunes, por ser éste el primer día de trabajo de la semana en la concepción de la cultura occidental.
En la Relación de Teocuicuilco se dice que en la cima de un cerro "ofrecían los sacerdotes sacrificios... implorando buenas estaciones agrícolas", como en la actualidad en Oaxaca se ofrece en el cerro del Fortín; en Zimatlán en el cerro de Yavego, etcétera.
Los Lunes del Cerro, por tanto, resulta una ceremonia de sincretismo cultural zapoteca-europeo, que se impuso con la invasión ibérica a partir de 1521, a la caída de Tenochtitlan.
Finalmente, consideramos importante destacar que a raíz del dominio mexica sobre la capital zapoteca de Zaachila, en el año de 1495, con la influencia cultural de los mexicanos se empezó a considerar a su dios del maíz, Centéotl. Los zapotecos de los Valles Centrales oaxaqueños, sin embargo, en el afán de rescatar nuestra matriz cultural zapoteca, debemos agradecer las abundantes lluvias que nos envía Bidoo Cocijo, con las que recogemos las espléndidas cosechas bajo la mirada complaciente de Nuestro Dios del Maíz y de Todo Alimento: Bidoo Cozobi.

La leyenda de Donají

La historia de la princesa zapoteca y su sacrificado amor por su pueblo es uno de los momentos más emotivos que se presentan durante la popular fiesta de la Guelaguetza.

Muchas son las actividades que caracterizan el despliegue de folclor y colorido de la Guelaguetza, la fiesta más importante del estado de Oaxaca, aunque ninguna es tan emotiva como la que relata teatralmente la historia de la princesa indígena Donají y su amor incondicional por el pueblo zapoteco, el cual finalmente la llevó al sacrificio.
Cuenta la tradición que antes de la llegada de los españoles, cuando Oaxaca se encontraba dominada por un grupo de nobles indígenas pertenecientes a las culturas zapoteca y mixteca, el rey Cocijoeza, soberano de la ciudad de Zaachila, tuvo una hija a la que se le otorgó el nombre de Donají, que quiere decir “Alma grande”.
El trazado cosmogónico del destino de la princesa fue encargado al sacerdote Tiboot de Mitla, quien vaticinó una gran desgracia para la pequeña, ya que ella se sacrificaría algún día por amor a su pueblo.
Después de que mixtecos y zapotecos enfrentaron juntos a los mexicas que trataron de conquistar la región de Oaxaca para anexarla a su imperio, una serie de eventos sembraron la discordia entre los dos pueblos, provocando su distanciamiento y al mismo tiempo el inicio de violentas disputas entre ambos.
En medio de tales enfrentamientos, un guerrero mixteco fue hecho prisionero por los zapotecas, y puesto a disposición del rey. Durante su estancia, la princesa Donají descubrió al cautivo, de nombre Nucano, quien a la sazón era un príncipe, enamorándose de él y cuidándolo hasta que se hubo recobrado por completo, momento en el que pidió a Donají su libertad para continuar en la lucha.
Liberado por la princesa, Nucano alentó a su pueblo a terminar con la guerra, mientras Donají hacía lo mismo con su padre. Ambos pueblos pactaron la paz, aunque el recelo de los mixtecas les hizo solicitar que Donají se convirtiera en prenda de paz para garantizar la promesa del rey, ya que de lo contrario sería sacrificada.
Anteponiendo el amor a su pueblo antes que su propia vida, la princesa dio aviso a los guerreros zapotecas de que sus carceleros se encontrarían al anochecer en Monte Alban, lugar donde fueron sorprendidos y diezmados por la gente de Cocijoeza.
Descubierto el plan de Donají, los mixtecas decidieron vengarse del rey sacrificando a la princesa cerca del río Atoyac, lugar donde fue sepultada. Se dice que al momento de encontrarse su cadáver, este no presentaba rastros de putrefacción, y que de su cabeza había nacido un lirio silvestre que de inmediato se convirtió en símbolo del pueblo zapoteco.
El príncipe Nucano, convertido en gobernador de la gente de Donají, dedicó el resto de sus días a velar por el pueblo de su amada hasta su muerte, cuando finalmente fue enterrado en la iglesia de Cuilapan de Guerrero, donde también había sido sepultada Donají.

Guelaguetza en Zimatlán de Álvarez (Oaxaca)

Aunque se trata de una población zapoteca, su nombre es de origen náhuatl, cuyo significado, según una versión, es "lugar de la raíz del ayocote", planta de la familia de los quintoniles que produce un frijolón, el cual es la base de la dieta de los zimatecos. El apelativo de Álvarez es en honor de Melchor Álvarez, destacado personaje de la Independencia.

Zimatlán de Álvarez está situado en los Valles Centrales de Oaxaca, a tan sólo 30 Km de la capital del estado, rumbo a Sola de Vega, y es regado por un afluente del río Atoyac. De su fundación no se tienen datos concretos, pero para ubicarla se cuenta con las crónicas sobre la nueva traza del lugar durante la conquista, en 1558, realizadas por fray Bernardo Acuña de Alburquerque y fray Luis de San Miguel, miembros de la Orden de Predicadores de esa región.
Su lengua original está casi perdida, pero los pobladores conservan las festividades que los unen y los mantienen en contacto con sus orígenes; un ejemplo de esto es la fiesta del "Lunes del Cerro" o "Guelaguetza".
La tradición de los habitantes de esta región es la guelaguetza, la cual es una costumbre muy vieja que viene de los antiguos. Y la entendemos como el yo te doy y tú me das, y así nos ayudamos; eran los mayordomos que teniendo la manda con algún Santito pedían al compadre, al hermano, al amigo o al vecino la ayuda para cumplir. Se pedía la guelaguetza y al recibirla se obtenían los ingredientes para la fiesta: frijol, maíz, tabaco, mezcal, gallina o cuando menos el huevo y las tortillas; incluso algunos apuntaban en un libro donde quedara asentada toda contribución por grande o pequeña que ésta fuera, para en el futuro tener el registro y devolver la ayuda recibida a quien lo solicitase.
El lunes del cerro era otra fiesta, los conquistadores la ajustaron a su calendario y se realiza el primer lunes después de la fiesta de la Virgen del Carmen, a fines del mes de julio; es una festividad que forma parte del antiguo calendario agrícola y es esa la razón de por qué se realiza en esas fechas, ya que en esa época del año los campos irradian un verdor que nos alegra, pues es así como vemos compensado nuestro esfuerzo en la labranza del campo, trabajo duro para hombres recios...
Los bailes y las danzas representan la riqueza y variedad de las siete regiones. Al final de cada danza los ejecutantes regalan al público frutos de la región a la que pertenecen; son manzanas, naranjas, limas, granadas, piñas y hasta algunos productos como café o tejidos. Esta es la costumbre de visitar año con año al cerro Yavego, que es el nombre zapoteco y que significa cerro de la tortuga.
SI VAS A ZIMATLÁN DE ÁLVAREZ
Saliendo de Oaxaca, capital del estado, tome la autopista en dirección sur, al finalizar ésta diríjase por la carretera federal núm. 131 rumbo a Sola de Vega, y a unos 30 Km. llegará al pueblo de Zimatlán de Álvarez, hoy cabecera municipal del mismo nombre.